El pueblo

Cuántos recuerdos le traía aquel pueblo. Era volver a descubrir aquellas sensaciones de cuando era una niña: el sonido de los zapatos caminando sobre un camino de tierra, los lagartos que se escapan cuando ven que te aproximas o esa sombra que daba la gran copa de un árbol a cuyos pies podías sentarte simplemente para recoger piedras y sentirlas en tu mano. No eran como esas piedras que hay en las ciudades, perfectamente moldeadas y posiblemente orinadas en algún momento.  Porque aquí en el pueblo los perros no se pelean por marcar un árbol como su territorio. Hay árboles para todos.

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El soñador

Cuando era niño le gustaba jugar en un solar vacío que había cerca de su casa. Juntaba un montón de balones y simulaba una galaxia con la ayuda de más piedras. Siempre le encantaba imaginarse las órbitas, choques entre planetas, nuevos seres vivos con formas de latas y botellas…

Sus padres le regalaron su primer telescopio cuando tenía siete años. Ver Marte desde la ventana de su habitación con esa claridad le pareció algo increíble. Algo que no hizo más que aumentar sus ganas de ir allí algún día.

En la Agencia Espacial pudo volar al espacio. No había tanta oscuridad como había pensado. Ni si quiera tanto silencio. Siempre alguna máquina, algún ordenador o el propio sistema de soporte vital de su traje hacía demasiado ruido. Tardó tiempo en acostumbrarse y en intentar omitirlo. Cuando era pequeño siempre se imaginaba los misterios y tipos de vida que aun estaban ocultas más allá de las estrellas conocidas. Qué nuevos elementos estarían aún pendientes de descubrirse. Con el paso de los años, los nuevos estudios, la ciencia más avanzada… sabía que no había nada más allá que no se hubiese visto antes. Por eso estaba en parte decepcionado pero aun convencido de que él podría descubrir algo nuevo. Era cierto que el negro del espacio y la ausencia de un horizonte siempre motivaba a la imaginación a la hora de desear que en algún lugar aun hubiese algo oculto a los ojos del hombre y sus máquinas.

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Una carta

Querida,

sé que hace muchos años que nos vimos por primera vez. Aquel verano caluroso, cerca de la playa, donde nuestros caminos se encontraron para hacernos perder la cabeza. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, lo sé. Nos hemos divertido mucho juntos y también hemos llorado. Quizás lo segundo pese más que lo primero pero lo primero lo recordamos con añoranza. Ahora todo es diferente. La vida nos ha vuelto a separar y ha hecho nuestros caminos paralelos aun con la alegría, al menos, de llevarnos en la misma dirección y que podamos vernos, aunque no cruzarnos.

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Jonás

La noche llegó sin que ninguno de los dos se diera cuenta. La cena, aún a medio terminar, había consistido en una larga conversación, muchas risas, muchas anécdotas (alguna inventada) y una comida en un segundo plano que seguramente ninguno de los dos recordaría.

En aquella azotea, desde donde se podía ver todo el barrio, fue donde comenzó aquella fiesta en la que se habían conocido hace ahora 12 años. Aún no se habían dado cuenta pero dentro de poco empezarían a recordar todo lo que han cambiado sus vidas en estos años. Después de la primera fiesta siguieron otras muchas más. Pero eso fue hace muchos años. Ahora aquella terraza, reconvertida casi en un jardín por la innumerable cantidad de macetas y flores, descansaba ya de la música y la gente. Él decían que se había jubilado. Que ahora cuidaba de las flores y miraba las obras de la ciudad.

– ¿Y entonces no hay nadie en tu corazón?- Dijo ella mirándole al pecho.
– Quien está en mi corazón, está ahora también esta azotea conmigo.

La cena terminó y llegaron las copas. Apoyados sobre la barandilla divisaron todo el barrio. Ese barrio en el que los dos nacieron pero no se conocieron hasta mucho después de dejar el instituto. El destino los había apartado haciéndoles esperar el mejor momento para que se conocieran. Las estrellas se encendieron en el cielo y las calles se iluminaron artificialmente. Hablaron sobre el espacio, las estrellas, el sol, los planetas, su casa, su futuro…

El timbre sonó.

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El chico en la playa

El chico, acostado en la orilla, dejaba que las olas del mar jugasen a mojarle mientras permanecía acostado sobre la arena; aún levemente húmeda por la marea que, poco a poco, abandonaba por unas horas las cotas más altas de la playa.

El cielo, lo único que veía, permanecía azul hasta donde la vista le alcanzaba, que no era mucho. Apenas, de vez en cuando, alguna gaviota despistada rompía el monocromático cielo.

Con su mano derecha jugaba a rascar la arena. Casi sin hacer ningún esfuerzo lograba encontrar agua. Mientras tanto, la izquierda permanecía inmóvil, tostándose al sol descansando sobre el vientre, en estado de reposo despreocupada de las aventuras de su hermana diestra.

El chico rompió sus pensamientos cuando escuchó una voz que le llamaba. Era ella. Finalmente lo había encontrado. Apareció encima de su cabeza, como un eclipse, haciendo inevitable mirarla a los ojos.

– ¿Dónde estabas? ¡Llevo toda la marea buscándote!
– Pues no me he movido de aquí.
– Vámonos. Pronto llegará la gente.

El chico se alzó y la siguió hasta el interior del mar. Se sumergieron y nadaron hasta su hogar, en la profundidad del mar.

Sentirse sólo

La lluvia no cesó durante toda la noche. El viento gélido se le metía por todos los huecos que su ropa no tababa. Casi podía sentir cómo le llegaba hasta los huesos. Estaba sentado en una escalera de la calle. Sin ganas ni de impedir que la gotas de lluvia llegasen hasta la espalda a través de su cuello. En el cielo la luz de un trueno iluminó sus pies, en un charco de agua hasta los tobillos.

Se sintió triste, arruinado. Ahora ya estaba sólo.

Un descanso merecido

Mis hijas. Qué bien me lo pasé con ellas. Espero haberles enseñado muchas cosas. Las echaré de menos. Ahora mismo me dan pena. Recuerdo cuando eran un bebé y lloraban mirándome para que las cogiera en el regazo. Las echaré de menos. Sobre todo el sonido de sus risas. Y a mi esposa. Nunca olvidaré su sonrisa. Espero que no deje que las niñas se olviden de mi. También echaré de menos a mis padres. Seguro que ellos a mi también. Me han dado una buena vida, no tienen de qué preocuparse. Estoy cansado. Me duele. Será mejor que cierre los ojos y descanse.

 

Un accidente de tráfico ocurrido ayer en la calle principal entre una motocicleta y un coche se saldó con un fallecido. El conductor de la motocicleta, casado y padre de dos hijas, recibió un impacto lateral del vehículo, que se saltó un semáforo en rojo. El impacto fue muy rápido y sin tiempo para que el conductor de la moto reaccionase, falleciendo prácticamente al instante.

La presa del pánico

Despertó bañado en sudor. Sobresaltado. Miró a su alrededor y solo vio oscuridad. Asustado, intentó ponerse de pie pero no fue capaz. Algo le impedía levantarse. Intentó girar sobre si mismo pero su cuerpo no reaccionaba. Presa del pánico, empezó a gritar. Pronto a los gritos les siguieron los llantos. Lloró asustado con toda su fuerza. Volvió a intentar girar su cuerpo para buscar alguna salida, pero no la encontró. Solo pudo quedarse quieto y gritar con todas sus fuerzas.

Una puerta se abrió y de entre la oscuridad surgió una figura humana. No fue capaz de reconocerla pero era su única esperanza para sobrevivir. Aún así, estaba tan asustado que no pudo dejar de gritar hasta que el humano se acercó a él. Era mucho más alto y mucho más fuerte. Tanto, que lo cogió por la cintura y lo levantó en el aire sin apenas esfuerzo. Él se dejó llevar, aun paralizado por el miedo. El gigante desconocido lo acercó a si mismo. Apretándolo contra su propio pecho. Allí, inmovilizado por el miedo, vio su rostro desde cerca y pudo reconocerlo. Volvió a la calma. Sabía quien era. Dejó de llorar y de gritar y empezó a sentirse seguro. Entonces, dijo su primera palabra:

– Papá.

El visitante

El chico miró la fuente. Estaba, como siempre, llena de agua. De hecho nunca dejó de estarlo durante los últimos veinticinco años. Estaba tan hipnotizado con el baile del agua que no se dio cuenta cuando ella apareció a sus espaldas hasta que le dio un abrazo por la cintura. Él se sobresaltó pero enseguida  dejó que su cuerpo se llevase por el baile de los brazos que le rodeaban. Se sintió inmovilizado en el calor de unas manos cuya suavidad era única y por lo tanto personal y reconocible al primer roce.

– Qué bien que estés aquí. – Dijo ya con los ojos cerrados.
– Siempre te estuve observando. – Le susurró ella al oído apoyando el mentón en su hombro.
– Entonces, ¿ya no te volverás a ir?

Abrió los ojos y vio que el abrazo ya no estaba. Al girar se descubrió otra vez solo. Volvió a mirar la fuente que seguía incansable haciendo bailar el agua en el aire. La buscó con la vista durante unos eternos segundos hasta que comprendió que ya se había marchado.

Al pasar la fuente, debajo de un cerezo, encontró su tumba y dejó descansar un ramo de flores.

– Seguiré viniendo a verte. Otros veinticinco años.

Su primer último beso

Recordó cuando se dieron su primer beso. Era una tarde primavera, calurosa, con el parque lleno de flores. Ella estaba tan guapa aquel día… Todo había sido perfecto. No le gustaría volver a vivirlo porque seguramente no lo hubiese podido hacer más perfecto.

Ahora la vio acostada. Con los ojos cerrados. Le cogió sus manos frías y le dio su último beso para despedirse para siempre.