La arena se escurre entre los dedos, como los segundos que pasan y desperdiciamos. ¿Es necesario estar siempre haciendo algo? ¿Es necesario aprovechar el 100% del tiempo que tenemos disponible? Hecho de menos no hacer nada, simplemente mirar el techo del dormitorio. No tener prisa por acabar algo para empezar lo siguiente.

Siento que el tiempo avanza rápido y se me acaba.

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Una vez en bicicleta

De chico solía ir en bicicleta los fines de semana. No todos; quizás uno o dos al mes. Era una sensación que me encantaba. Allí en mi soledad, a 15 kms de mi casa donde lo único que me permite volver a casa es seguir pedaleando. No tenía más opiciones.

Aunque normalmente pedaleaba hasta un pueblo cerca de la ciudad, un sábado por la tarde fui hasta la universidad. Estaba en lo alto de una montaña así que aunque al principio sería todo cuesta arriba, la vuelta tendría que ser una sensación increíble.

Y vaya si lo fue.

Al poco de empezar el regreso a casa, bajando por la carretera la montaña, empezó a llover. En mi cara impactaban las gotas de lluvia, el frío y el viento. Los huesos totalmente calados. Pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Me sentía vivo. Y nunca volví a tener una sensación como aquella.

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La ira

Sus pulmones respiraban fuego. El interior de su cuerpo estaba lleno de humo y calor. Se movía con los ojos inyectados en sangre, buscando un lugar donde proyectar su ira. Su cabeza ya no razonaba. Había perdido toda la capacidad de razonar o de pensar en estado de calma. Sólo movía su cuerpo de un lado a otro, en caminar errante, hasta que llegó el momento en que estaba preparado para propagar su fuego.

Entonces apareció ella. En cuanto su mente se preparó para desatar la ira algo en su interior se lo impedía. Una punzada en el pecho le impidió moverse y soltar el fuego por la boca. Poco a poco, éste fue desapareciendo. La sangre de sus ojos empezó a desaparecer y el pecho se empezó a deshinchar. El fuego se apagó y el oxígeno volvió a circular por su interior.

Cuando la vio, fue incapaz de desatar su ira. No podía hacerlo. El fuego y el odio se había transformado en agua y tranquilidad. Se acercó y le agarró tímidamente la mano. La amaba, y eso apaciguaba su ira.

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Vivir con el alma muerta.

El hombre, frío y pálido como la muerte nos deja, mantenía los ojos cerrados sobre la camilla con decenas de cuchillos clavados por todo el cuerpo. El forense se acercó, activó la grabadora y fue extrayendo uno a uno todos los cuchillos.

─El primer cuchillo dice «Ese es tu problema, resuélvelo.» ─Lo extrajo y lo depositó en una bolsa de pruebas─ Sigo extrayendo los demás cuchillos y paso a enumerar lo que dice cada uno:

«Es culpa tuya»
«Nunca cuentas nada»
«Ya no te vemos»
«Estamos disgustados contigo»
«No eres cariñoso»
«Todo lo haces mal»
«A mi no me hables»
«No haberte ido de pendón»
«No me has hecho caso en todo el día»
«No les cuentes lo que haces a los demás»
«Estamos muy tristes contigo»

Y sucesivamente, fue retirando los cuchillos. Cada uno con su propia leyenda. Al terminar apagó la grabadora, dejó el cuerpo sobre la camilla y se fue.

El hombre abrió los ojos. No sentía dolor en los cortes, ni el frío del metal de la camilla. Primero se sentó en el borde, apoyando las manos y dejando las piernas colgando. Se observó, pálido, con su cuerpo rasgado, pero le dio igual. Se levantó y se marchó. Mañana había que volver al trabajo.

 

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El paso del tiempo

El chico se acostó en cama. No tardó en sorprenderse de la satisfacción y descanso que le proporcionaba estar acostado.

Se quedó mirando el techo. Reflexionando sobre sus cosas. Al otro lado de la ventana las nubes se hicieron a un lado y permitieron la entrada del Sol por la ventana hasta impactar directamente en la cara del chico.

Entonces cerró los ojos.

Cuando despertó se sintió incómodo. Las rodillas le dolían como si acabase de correr una maratón. Su cabeza tenía un dolor encima del ojo que le estaba matando y un hormigueo le incomodaba en sus dedos de las manos.

Sin saber muy bien como, empezó a sentirse mayor. Ya no era un chico joven, si no que, en su interior, la edad había avanzado tan rápido que se sentía casi un anciano.

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Cuando te conviertes en padre

Hace no mucho tiempo estaba acostado en el sofá de casa de mis padres. Era por la mañana de un sábado y estaba viendo unos dibujos de La banda del patio. Entonces, como cualquier chaval de mi edad, mis obligaciones se debían a cosas sin importancia. Me limitaba a disfrutar la vida de la forma en que me llegaba a través de mis padres. Ellos se ocupaban de todo.

Ahora, de un día para otro, te ves asumiendo más responsabilidades de las que eres capaz. Las exigencias son mayores y has pasado de estar acostado en un sofá a estar en medio de una selva donde todos los animales tienen un cuchillo entre los dientes.

Entonces comprendes a tus padres. Ahora eres uno de ellos.

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