La magia de la mañana

El Sol amaneció como todas las mañanas, colando con disimulo y de forma tímida sus primeros rayos por la ventana del dormitorio. Ella, que lo vio llegar, se dio media vuelta para estar de espaldas a la luz y poder seguir durmiendo plácidamente un poco más. Pero el Sol no se da por vencido y lo que al principio era un poco de tenue luz naranja, no tardó mucho en convertirse en blancas espadas que atravesaban  la pared y se reflejaban de forma imparable por toda la habitación. Ni tan siquiera taparse los ojos con el brazo le evitó tener que despertarse. Además, el café recién hecho que su novio estaba terminando de preparar empezaba a llenar el dormitorio con su aroma. Y ese sí que era un buen despertador.

Salió de la cama hasta la cocina y se apoyó en el marco de la puerta, observando a su novio sin que él aún se diera cuenta. Estaba casi desnudo, con los boxer que le había regalado en las últimas navidades, no dejando nada para la imaginación del resto del cuerpo. Ella tampoco estaba mucho mejor: vestida solo con una camiseta que le había robado de su armario, varias tallas más grandes, pero que aun conservaba perfectamente el olor de su novio.

─ No hay mejor forma de empezar el día. ─Dijo sonriendo entrando, por fin, en la cocina para darle el primer abrazo.
─ Es imposible algo mejor que tus ojos reflejando los primeros rayos del sol.

Cuando estás enamorado es como si todos los elementos se combinasen para hacerte feliz a su lado.

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Estar con ella

Ella tiene unos ojos dulces que hablan por sí solos. Posée una mirada que te encierra en una nube de hielo y con su voz es capaz de dormirte sobre una nube de algodón. Sus manos son suaves, hechas para hacerte sentir el viento entrelazando sus dedos con tu pelo.

La vida a su lado es un interminable viaje en coche por una carretera infinita. Un viaje donde el paisaje va cambiando como las emociones. Una selva, un desierto, una ciudad o sobre el hielo. Estar a su lado es saltar en el tiempo de un momento feliz a otro.

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Una petición de mano

Carolina no era de esas mujeres que tenían miedo. No se amilanaba antes de su primer día de trabajo ni cuando tenía que discutir con alguien ante un accidente de tráfico.

Sin embargo, cuando su novio de toda la vida agachó una rodilla y le enseñó un anillo pidiéndole matrimonio, su cuerpo se quedó inmóvil. Ella estaba molesta, no por lo que había hecho su novio, que le encantaba, si no porque su cuerpo no había respondido como siempre lo hacía cuando algo se salía de su camino. Era una sensación tan nueva y tan extraña que no supo identificar si era algo malo o bueno. Inmovilizada, sin saber qué decir, se llevó las manos a la boca y miró hacia su novio, que tenía una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos que brillaban  de una forma especial (seguramente por alguna lágrima apunto de desprenderse)

Tardó unos segundos, para ella interminables, en ser capaz de mover la cabeza arriba y abajo en gesto positivo para la petición de mano. Por suerte, su novio enseguida de puso de pie y la abrazó, consiguiendo desastascar los músculos de su cuerpo. Y ahí, abrazada a su ahora prometido, se sintió feliz. De repente todo lo demás pasó a un segundo plano. Ya no le preocupaban las reuniones de los lunes por la mañana con su jefe ni las peleas con su banco por la errónea devolución de recibos. Todo eso le parecían minucias ahora mismo (aunque ella aún no lo sabía, ya sería así para el resto de su vida) Ahora tendría su propia familia, tendría sus preocupaciones en su propia casa, y se sintió liberada por ello. Algo que siempre se había imaginado de repente, en unos segundos se hizo realidad.

En medio de la calle algunos peatones pararon para ver a la petición de mano. Quizás no fuera el mejor sitio para hacerlo pero desde luego en ningún otro tendrían tanto público para terminar el acto con un fuerte aplazo. Los dos se rieron, se cogieron de la mano, sonrieron a los desconocidos susurrando un gracias y empezaron a caminar, sin saber por que camino les llevarían sus pasos el resto de su vida.

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Y nunca más

Decidí irme de casa. No fue algo demasiado premeditado. Simplemente, después de desayunar, metí un par de prendas en una mochila y me fui por la puerta dejando las llaves dentro. No tenía pensado volver y, ahora, tampoco tenía forma de volver a entrar. Empecé a caminar sin un rumbo fijo. El principio fue lo peor ya que no dejaba de pasar por zonas que conocía perfectamente y eso era precisamente lo que quería evitar.

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Fin del tiempo

El tiempo no se detenía. Qué podía hacer. Se sentó en su sofá preferido, el mismo de los últimos 20 años, y encendió el televisor. “La ruleta de la suerte” daba vueltas como hacía todas las mañanas. Para ellos el tiempo es como se si detuviera, pensó para si mismo. A veces decía cosas en alto, como si el viejo Bob aun estuviese acostado bajo sus pies esperando la llegada de su paseador para orinar en cualquier árbol.

Cuando era joven el tiempo no se detenía nunca. Corría tan rápido como la luz. Fiestas, chicas, mujeres, coches, amigos… Después, de adulto, la vida simplemente le arrastraba como un trozo de madera navegando por un río. Demasiado rápido, a veces ahogándose un poco y casi siempre queriendo detenerse, siendo imposible agarrarse a nada estable.

De mayor, el tiempo ya era algo que había pasado. No era más que un recuerdo de algo desaprovechado.

“La ruleta de la suerte” terminó por ese día.  Al día siguiente volvería a empezar y él seguiría allí. Pero en ese instante el tiempo ya no era un problema para él. Se había terminado. Y por fin podía pasear él mismo a su viejo amigo Bob.

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El único

Todos los días iba a trabajar a su oficina. Una oficina de casi 200 metros cuadrados. Demasiado grande. no sé para qué necesito tanto espacio. Su mesa estaba en una esquina, al fondo de la oficina y casi al lado de una ventana que daba a un muro. Todos los días, al llegar, lo primero que hacía era encender el aire acondicionado. Allí trabajaba todo el día, haciendo una pequeña pausa para comer la comida que se había traído de casa, y seguía las mismas horas por la tarde delante de su ordenador, jugando a videojuegos (aprovechando que nadie le veía)  o leyendo una y otra vez las mismas páginas web.

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Una cita bajo la lluvia

Al salir del restaurante llovía de una forma que parecía que llevaba una semana lloviendo. Ninguno de los dos se fijó en eso. Solo importaba la eternidad de esa noche. Era como soñar sabiendo que estás en un sueño y puedes cambiarlo todo para que sea maravilloso. Así estaba siendo esta noche para ambos. Todo tenía un fin, lamentablemente, también para ellos dos. Y aquella noche se estaba acabando. Él la acompañó hasta su casa, no demasiado lejos, andando ya que el taxi era demasiado rápido y ninguno de los dos quería ni pensar en arañarle un segundo a la cita. Pasearon bajo un gran paraguas, que no impidió que terminasen con los pantalones totalmente empapados, hasta su portal. Hablaron sobre su próxima cita. Quizás algo más larga. Una escapada en coche a una ciudad donde fueran desconocidos.

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Antes de dormir

A media noche, la luz anaranjada de la farola de la calle entraba por la habitación a través de los pequeños agujeros de la persiana. Tenían esa pequeña costumbre común de dormir con la persiana un poco subida, para no estar totalmente a oscuras. No era una costumbre muy habitual en la gente, por eso fue una sorpresa cuando él descubrió que ella también la tenía.

– ¿Estás despierta?- le preguntó.

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