La depresión

El Sol se escondió. En algunos lugares lo hizo bajo unas nubes. En otros, detrás del mar.  Otros lo vieron esconderes detrás de unas montañas. El caso es que se fue, casi sin que nadie se diera cuenta hasta que la oscuridad desplazó la luz y la gente empezó a mirar al cielo.

Al principio la gente pensaba que sería un eclipse o que la noche, aquel día, había llegado antes y no se preocupaban. Pero el tiempo siguió pasando y poco a poco la intranquilidad se fue propagando por toda la gente. La oscuridad seguía reinando por todo el territorio y hacía ya muchas horas que el Sol no hacía acto de presencia.

Mucha gente cayó enferma debido a la falta de luz solar. Nadie tenía una explicación y tampoco se decidían por investigar lo que le había pasado el Sol.

Poco a poco, las personas se fueron acostumbrando a la oscuridad. Y casi sin darse cuenta, llegó un tiempo en el que el Sol empezó a ser una leyenda que nadie se creía. La humanidad se había acostumbrado a vivir en la oscuridad. Y lo que es peor, se habían dejado oscurecer sus propias almas.

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El niño y su abuelo

Tenía la mano fría. Áspera. La piel agrietada y desagradable al tacto. Sin embargo no apartó sus dedos, si no que los abrió y cogió su mano enteramente bajo la suya.

El abuelo seguía en cama, dormido, mientras su nieto aprovechaba para jugar, curioso, con sus dedos.

Su madre se asomó por la puerta del dormitorio. Sal de ahí, no despiertes al abuelo. La madre no tenía ni idea de los planes de su hijo, por eso su mayor preocupación era que no despertase a su abuelo.

El niño lo dejó descansar. Se alejó hasta el dintel de la puerta y se volvió para ver a su abuelo por última vez. Adiós abuelo, te echaré mucho de menos.

Cogió una mochila de su cuarto y salió de casa saltando por una pequeña ventana sin que su madre se diera cuenta.

Nunca más volvería a verlos.

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Volver atrás.

Me gustaría volver a ser un crío. De esos niños de la calle que disfrutan con las más pequeñas cosas. Que de unas piedras amontonadas en una esquina puede hacer una fortaleza de un rey medieval.

Me gustaría dejar de preocuparme por cosas de adultos. No me interesa lo que pase al otro lado del mundo. Quiero jugar con los coches en un descampado de tierra.

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En sintonía

Y llegó la noche. Ni se dieron cuenta. Olvidaron mirar por la ventana del pequeño salón mientras las cerverzas se iban acabando, el televisor empezaba con los tarots y la conversación continuaba sin parecer tener un final. Las palabras salían de sus bocas deseando ser escuchadas. No tenían miedo al rechazo ni a una palabra mal dicha porque los dos estaban en sintonía y eso era fantástico.

No habían encendido la luz del techo y aunque el televisor intentaba animarlos con una secuencia aleatoria de luces de colores, finalmente fue la luna, colándose entre dos altos edificios vecinos, quien les ayudó a verse aunque fuera en blanco y negro. Llegó un momento en que las cervezas se acabaron pero eso no importaba: llevaban horas haciendo el amor con las palabras y ahora lo harían sin ellas.

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Arrepentimiento

Se me pasará. Se irá de mi mente. Encontraré a otra persona que me haga olvidarla. Dentro de unos días ni me acordaré de ella. O unos meses, o unos años. Qué más da, el caso es que desaparecerá. Estoy seguro. Ahora será duro pero dentro de dos días ya no la recordaré.  Todas esas cosas malas que tiene. Tantas cosas que no me gustaban. Como… como.. eso.. que hacía siempre. O esa forma de hablar. O esa esa.. bueno, da igual. Tenía muchas cosas que no me gustaban. Lo tengo claro. Qué bien haberme librado de ella. Ahora seré feliz con otra. Por fin. Con ella era imposible ser feliz. Todo el día.. así.. sin hacer nada. Todos los fines de semana en el sofá, viendo netflix, con una mantita tapados.. mm.. bueno.. eso era algo bueno. Y cuando llegaba a casa y siempre me venía a dar un beso.. bueno.. eso también era bueno, pero cuando estaba enfermo ella siempre.. siempre.. siempre me obligaba a quedarme en cama.. y me traía chocolate y me hacía compañía… oh..

Pero qué he hecho.

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De pequeños

¿Recuerdas cuando éramos pequeños, y los dos vivíamos en el mismo edificio? Que bien lo pasábamos, visitándonos cada vez que nuestros padres se iban a trabajar. Como lo echo de menos.

Me acuerdo sobre todo de un día que llamaste a mi timbre y, por la forma en que sonó, ya sabía que eras tu. Traías una rosa en la mano. Me dijiste que la guardaste toda la noche bajo la cama para que tus padres no la viesen. La pobre, ya estaba casi seca. Sin embargo, era preciosa. No hubiese sido tan bonita si detrás de ella no hubiese estado tu sonrisa, tímida, torcida, con el labio inferior mordido. Era preciosa. Hace ya tantos años de eso… pero aun lo recuerdo como si fuera ayer. Pasamos aquella tarde mirando el mar desde la azotea del edificio. Y allí volvíamos todos los fines de semana.

Lo hecho mucho de menos, mucho. Ojalá pudiéramos volver. Ojalá estuvieras aquí.

La mujer se secó las lágrimas, dejó la rosa que llevaba en la mano sobre la lápida y le dio una caricia. Como si tocar esa piedra fría fuese tocar la cara de su marido.

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