Como cada mañana, el prisionero despertó asustado, blasfemando por la incapacidad de dormir más aunque siguiera teniendo sueño. Se levantó y paseó por su pequeña celda. Apenas unos metros a cada lado y un poco más alta que él. Llevaba tanto tiempo encerrado en esa celda que apenas tenía recuerdos fuera de ella.

Sabe que hubo una época en su vida en la que era libre. En la que paseaba por largas avenidas y conversaba con gente y amigos sobre temas absurdos. Recuerda, cada mañana, con nostalgia aquellos días en los que era una persona libre dueño de su destino. Qué poco valoraba aquella libertad en su momento.

Ahora era un prisionero. Encerrado en aquella minúscula celda sintiéndose castigado por algo que no recuerda haber hecho. Malas decisiones en su vida, falta de consejos… Como se arrepentía de no haber tenido un mejor amigo cuando podía. Ahora, ya era tarde.

Como cada mañana, un día más, el prisionero terminó su café y, delante del pequeño espejo del lavabo, intentó asearse. Le costaba mucho esfuerzo, aunque no lo pareciese, intentar mantener una buena imagen exterior. Siempre pensó que era la única forma de no volverse loco allí dentro. Delante del espejo movió sus labios hacia los lados levemente, intentando que pareciese una sonrisa.

Después se fue a trabajar, como cada día, aunque en su cabeza siguiera dentro de aquella celda.

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