La ira

Sus pulmones respiraban fuego. El interior de su cuerpo estaba lleno de humo y calor. Se movía con los ojos inyectados en sangre, buscando un lugar donde proyectar su ira. Su cabeza ya no razonaba. Había perdido toda la capacidad de razonar o de pensar en estado de calma. Sólo movía su cuerpo de un lado a otro, en caminar errante, hasta que llegó el momento en que estaba preparado para propagar su fuego.

Entonces apareció ella. En cuanto su mente se preparó para desatar la ira algo en su interior se lo impedía. Una punzada en el pecho le impidió moverse y soltar el fuego por la boca. Poco a poco, éste fue desapareciendo. La sangre de sus ojos empezó a desaparecer y el pecho se empezó a deshinchar. El fuego se apagó y el oxígeno volvió a circular por su interior.

Cuando la vio, fue incapaz de desatar su ira. No podía hacerlo. El fuego y el odio se había transformado en agua y tranquilidad. Se acercó y le agarró tímidamente la mano. La amaba, y eso apaciguaba su ira.

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