Vivir con el alma muerta.

El hombre, frío y pálido como la muerte nos deja, mantenía los ojos cerrados sobre la camilla con decenas de cuchillos clavados por todo el cuerpo. El forense se acercó, activó la grabadora y fue extrayendo uno a uno todos los cuchillos.

─El primer cuchillo dice «Ese es tu problema, resuélvelo.» ─Lo extrajo y lo depositó en una bolsa de pruebas─ Sigo extrayendo los demás cuchillos y paso a enumerar lo que dice cada uno:

«Es culpa tuya»
«Nunca cuentas nada»
«Ya no te vemos»
«Estamos disgustados contigo»
«No eres cariñoso»
«Todo lo haces mal»
«A mi no me hables»
«No haberte ido de pendón»
«No me has hecho caso en todo el día»
«No les cuentes lo que haces a los demás»
«Estamos muy tristes contigo»

Y sucesivamente, fue retirando los cuchillos. Cada uno con su propia leyenda. Al terminar apagó la grabadora, dejó el cuerpo sobre la camilla y se fue.

El hombre abrió los ojos. No sentía dolor en los cortes, ni el frío del metal de la camilla. Primero se sentó en el borde, apoyando las manos y dejando las piernas colgando. Se observó, pálido, con su cuerpo rasgado, pero le dio igual. Se levantó y se marchó. Mañana había que volver al trabajo.

 

Compartir en las redes sociales

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.