La magia de la mañana

El Sol amaneció como todas las mañanas, colando con disimulo y de forma tímida sus primeros rayos por la ventana del dormitorio. Ella, que lo vio llegar, se dio media vuelta para estar de espaldas a la luz y poder seguir durmiendo plácidamente un poco más. Pero el Sol no se da por vencido y lo que al principio era un poco de tenue luz naranja, no tardó mucho en convertirse en blancas espadas que atravesaban  la pared y se reflejaban de forma imparable por toda la habitación. Ni tan siquiera taparse los ojos con el brazo le evitó tener que despertarse. Además, el café recién hecho que su novio estaba terminando de preparar empezaba a llenar el dormitorio con su aroma. Y ese sí que era un buen despertador.

Salió de la cama hasta la cocina y se apoyó en el marco de la puerta, observando a su novio sin que él aún se diera cuenta. Estaba casi desnudo, con los boxer que le había regalado en las últimas navidades, no dejando nada para la imaginación del resto del cuerpo. Ella tampoco estaba mucho mejor: vestida solo con una camiseta que le había robado de su armario, varias tallas más grandes, pero que aun conservaba perfectamente el olor de su novio.

─ No hay mejor forma de empezar el día. ─Dijo sonriendo entrando, por fin, en la cocina para darle el primer abrazo.
─ Es imposible algo mejor que tus ojos reflejando los primeros rayos del sol.

Cuando estás enamorado es como si todos los elementos se combinasen para hacerte feliz a su lado.

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