Una petición de mano

Carolina no era de esas mujeres que tenían miedo. No se amilanaba antes de su primer día de trabajo ni cuando tenía que discutir con alguien ante un accidente de tráfico.

Sin embargo, cuando su novio de toda la vida agachó una rodilla y le enseñó un anillo pidiéndole matrimonio, su cuerpo se quedó inmóvil. Ella estaba molesta, no por lo que había hecho su novio, que le encantaba, si no porque su cuerpo no había respondido como siempre lo hacía cuando algo se salía de su camino. Era una sensación tan nueva y tan extraña que no supo identificar si era algo malo o bueno. Inmovilizada, sin saber qué decir, se llevó las manos a la boca y miró hacia su novio, que tenía una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos que brillaban  de una forma especial (seguramente por alguna lágrima apunto de desprenderse)

Tardó unos segundos, para ella interminables, en ser capaz de mover la cabeza arriba y abajo en gesto positivo para la petición de mano. Por suerte, su novio enseguida de puso de pie y la abrazó, consiguiendo desastascar los músculos de su cuerpo. Y ahí, abrazada a su ahora prometido, se sintió feliz. De repente todo lo demás pasó a un segundo plano. Ya no le preocupaban las reuniones de los lunes por la mañana con su jefe ni las peleas con su banco por la errónea devolución de recibos. Todo eso le parecían minucias ahora mismo (aunque ella aún no lo sabía, ya sería así para el resto de su vida) Ahora tendría su propia familia, tendría sus preocupaciones en su propia casa, y se sintió liberada por ello. Algo que siempre se había imaginado de repente, en unos segundos se hizo realidad.

En medio de la calle algunos peatones pararon para ver a la petición de mano. Quizás no fuera el mejor sitio para hacerlo pero desde luego en ningún otro tendrían tanto público para terminar el acto con un fuerte aplazo. Los dos se rieron, se cogieron de la mano, sonrieron a los desconocidos susurrando un gracias y empezaron a caminar, sin saber por que camino les llevarían sus pasos el resto de su vida.

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Y nunca más

Decidí irme de casa. No fue algo demasiado premeditado. Simplemente, después de desayunar, metí un par de prendas en una mochila y me fui por la puerta dejando las llaves dentro. No tenía pensado volver y, ahora, tampoco tenía forma de volver a entrar. Empecé a caminar sin un rumbo fijo. El principio fue lo peor ya que no dejaba de pasar por zonas que conocía perfectamente y eso era precisamente lo que quería evitar.

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