Fin del tiempo

El tiempo no se detenía. Qué podía hacer. Se sentó en su sofá preferido, el mismo de los últimos 20 años, y encendió el televisor. “La ruleta de la suerte” daba vueltas como hacía todas las mañanas. Para ellos el tiempo es como se si detuviera, pensó para si mismo. A veces decía cosas en alto, como si el viejo Bob aun estuviese acostado bajo sus pies esperando la llegada de su paseador para orinar en cualquier árbol.

Cuando era joven el tiempo no se detenía nunca. Corría tan rápido como la luz. Fiestas, chicas, mujeres, coches, amigos… Después, de adulto, la vida simplemente le arrastraba como un trozo de madera navegando por un río. Demasiado rápido, a veces ahogándose un poco y casi siempre queriendo detenerse, siendo imposible agarrarse a nada estable.

De mayor, el tiempo ya era algo que había pasado. No era más que un recuerdo de algo desaprovechado.

“La ruleta de la suerte” terminó por ese día.  Al día siguiente volvería a empezar y él seguiría allí. Pero en ese instante el tiempo ya no era un problema para él. Se había terminado. Y por fin podía pasear él mismo a su viejo amigo Bob.

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