Él siempre había confiado mucho en sí mismo. Cuidaba mucho su físico y presumía de ser un ligón. Eso le bastaba para conseguir a las chicas que quería y sabía que sus músculos, combinados con su dinero, eran imanes suficientes para enamorar a cualquier rubia de discoteca.

Sabía que siempre tendría a su chica esperándole y que le quería (o a su cartera) lo suficiente como para no abandonarle por otro. Así que disfrutaba de la vida, y no dudaba si tenía que engañarla con otra mujer nocturna que completase sus deseos sexuales.

Ella, pasaba las noches triste. Viviendo en el mundo de la ignorancia de quien no puede ver lo que hace la persona que ama. De quien no se quiere creer lo que es más que evidente. Una y otra vez se repetía que no pasaba nada… que él sólo trabajaba en sus negocios de locales nocturnos… Y era incapaz de dormirse hasta que llegaba a casa ya con la salida del Sol, oliendo a tabaco y sudor.

Una noche, ella le esperó fuera, detrás del ascensor del edificio. Le escuchó llegar y entrar en la casa, y le dio tiempo para que llegase a la habitación y se encontrase la cama vacía y sin deshacer. Decidió esperar unos minutos más.
Cuando ya había pasado el tiempo suficiente, entró en la casa, vestida con su traje de noche previamente manchado. Llegó a la habitación y lo encontró dentro de cama, aun con las luces encendidas.

– ¿Dónde estabas?
– Había salído a dar una vuelta… – A ella nunca le fue fácil mentir. – A partir de ahora creo que saldré más todas las noches…
– ¿Pero qué dices? ¿Con quién estás saliendo?

Ella logró desnudarse y meterse dentro de cama, le abrazó por la espalda y le susurró al oído:

– Ahora eres tú el que tiene miedo.

Se giró para recostarse y, muy lentamente para que él no se diera cuenta, lloró.

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