En la casa todo el mundo estaba preocupado. Su comportamiento no era el habitual en él, y fue algo drástico. Hace unas semanas era charlador, entretenido, siempre sonriendo. Poco a poco su estado de ánimo se fue decayendo y desde el sábado pasado no había salido de su habitación.

Cuando llegó el Doctor, toda la familia le recibió poniendo en él todas sus esperanzas para encontrar la solución al pobre chico. Al entrar en la habitación, el titulado se encontró al joven vestido encima de la cama, arrugado y girado hacia la pared. Parecía que ni se había percatado de que el médico acababa de entrar.

– Chico, mírame.- Le dijo el Doctor.
– No… no puedo… No puedo girarme…- La voz del chico sonaba entrecortada, dubitativa.
– Tienes que hablar conmigo. Tu familia está muy preocupada. Cuéntame qué te pasa.
– No sé qué me pasa… Tengo el estómago completamente revuelto, me duele el pecho y tengo un pinchazo en la garganta…
– ¿Desde cuándo estás así?- Indagó el médico.
– Desde el sábado pasado… estaba con una amiga y discutimos… me hizo prometerle que nunca nos volveríamos a ver… después me encontraba bien, pero aquella noche al meterme en cama… no he dejado de tener nauseas desde entonces…. – Cerró los ojos y aparentó quedarse dormido, para que lo dejaran sólo otra vez.

El médico le miró a la cara y comprobó su temperatura corporal. Recogió sus bártulos y se levantó.
– Doctor, ¿ya sabe qué le ocurre?- Le preguntó su madre preocupada.
– Señora, a su hijo lo que le duele es el corazón. Acaba de descubrir que está enamorado. Vaya a buscar a esa amiga y traigala aquí, verá como al verla se recupera enseguida.

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