De vez en cuando algunos transeúntes dejaban escuchar su voz al compás de un coche perdido que deambula en la búsqueda de un lugar donde descansar. Dentro, en el salón, la luz anaranjada de las farolas de la calle jugaban con las sombras en los rostros de los jóvenes.

Sentados cada uno en un extremo del sofá evitando tentaciones, sus ojos, dulces y tiernos, jugaban al escondite para evitar que las palabras, toscas y maleducadas, arruinasen un ambiente de cristal. Pero no lo consiguieron.

– Lo siento, no puedo. – Dijo él, asustado. Sus manos se movieron hacia la cara, frotándola.

Ella se acercó, y le susurró bajito, con voz cálida.

– No te preocupes.

Se separó y volvio a su sitio evitando cualquier cariño físico.

Las palabras abandonaron el salón y el silencio encontró su sitio para el resto de la noche.

Él lloró, pero ella no le vio.

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