Un domingo

Sentado en una piedra, a orillas del río, me puse a pensar en mi vida. No suelo hacerlo, ya que me parece demasiado egocéntrico aunque sólo sea pasar un poco de tiempo pensando en mí. Prefiero pensar en otras cosas de más importancia.

La tarde estaba desapareciendo. La noche pedía paso y la niebla era un preludio de que la oscuridad estaba a punto de llegar. Hacía frío aunque no demasiado.

El cauce del río estaba tan tranquilo que casi parecía un lago. A la derecha había un pequeño muelle donde mis padres guardaban la barca con la que solíamos navegar en verano hasta la desembocadura del río, que no estaba muy lejos. A la izquierda, y en el frente, solo había árboles que se abalanzaban encima del río buscando nuevo terreno donde dejar sus raíces.

Pasaba el tiempo haciendo lanzamientos de piedras, para ver cómo saltaban, mientras seguía pensando en mis cosas.
Recordé cómo hace años era feliz con aquella chica, que ya ni recordaba dónde había conocido. Ella llenaba mi corazón de forma que no me tenía que preocupar por nada más. Junto a mis amigos, eran como de la familia. Me sentía bien con ellos y tenía la suficiente seguridad como para no venirme abajo en los malos momentos.
Tuve que dejarlos a todos cuando me vine con mis padres a esta casa en medio del bosque. Apartados de la sociedad y donde ellos eran los únicos amigos que podía tener.

No sé cuánto tiempo pasé recordando el pasado aquel día. Ni cuántas piedras lancé al agua para ver los saltos que daban. No sé si quizás todo aquello era un sueño. Sólo sé, que a orillas de aquel río, sentado una piedra, lloré.

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