Y nunca más

Decidí irme de casa. No fue algo demasiado premeditado. Simplemente, después de desayunar, metí un par de prendas en una mochila y me fui por la puerta dejando las llaves dentro. No tenía pensado volver y, ahora, tampoco tenía forma de volver a entrar. Empecé a caminar sin un rumbo fijo. El principio fue lo peor ya que no dejaba de pasar por zonas que conocía perfectamente y eso era precisamente lo que quería evitar.

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Fin del tiempo

El tiempo no se detenía. Qué podía hacer. Se sentó en su sofá preferido, el mismo de los últimos 20 años, y encendió el televisor. “La ruleta de la suerte” daba vueltas como hacía todas las mañanas. Para ellos el tiempo es como se si detuviera, pensó para si mismo. A veces decía cosas en alto, como si el viejo Bob aun estuviese acostado bajo sus pies esperando la llegada de su paseador para orinar en cualquier árbol.

Cuando era joven el tiempo no se detenía nunca. Corría tan rápido como la luz. Fiestas, chicas, mujeres, coches, amigos… Después, de adulto, la vida simplemente le arrastraba como un trozo de madera navegando por un río. Demasiado rápido, a veces ahogándose un poco y casi siempre queriendo detenerse, siendo imposible agarrarse a nada estable.

De mayor, el tiempo ya era algo que había pasado. No era más que un recuerdo de algo desaprovechado.

“La ruleta de la suerte” terminó por ese día.  Al día siguiente volvería a empezar y él seguiría allí. Pero en ese instante el tiempo ya no era un problema para él. Se había terminado. Y por fin podía pasear él mismo a su viejo amigo Bob.

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El único

Todos los días iba a trabajar a su oficina. Una oficina de casi 200 metros cuadrados. Demasiado grande. no sé para qué necesito tanto espacio. Su mesa estaba en una esquina, al fondo de la oficina y casi al lado de una ventana que daba a un muro. Todos los días, al llegar, lo primero que hacía era encender el aire acondicionado. Allí trabajaba todo el día, haciendo una pequeña pausa para comer la comida que se había traído de casa, y seguía las mismas horas por la tarde delante de su ordenador, jugando a videojuegos (aprovechando que nadie le veía)  o leyendo una y otra vez las mismas páginas web.

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Permanecieron sentados a los pies de la cama. Cuando él ya se levantaba para marcharse ella lo agarró de la mano y lo acercó para darse un abrazo.

– No te alejes de mi.
– Ven tú conmigo.

Y cerraron los ojos para estar siempre juntos.

Una cita bajo la lluvia

Al salir del restaurante llovía de una forma que parecía que llevaba una semana lloviendo. Ninguno de los dos se fijó en eso. Solo importaba la eternidad de esa noche. Era como soñar sabiendo que estás en un sueño y puedes cambiarlo todo para que sea maravilloso. Así estaba siendo esta noche para ambos. Todo tenía un fin, lamentablemente, también para ellos dos. Y aquella noche se estaba acabando. Él la acompañó hasta su casa, no demasiado lejos, andando ya que el taxi era demasiado rápido y ninguno de los dos quería ni pensar en arañarle un segundo a la cita. Pasearon bajo un gran paraguas, que no impidió que terminasen con los pantalones totalmente empapados, hasta su portal. Hablaron sobre su próxima cita. Quizás algo más larga. Una escapada en coche a una ciudad donde fueran desconocidos.

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Antes de dormir

A media noche, la luz anaranjada de la farola de la calle entraba por la habitación a través de los pequeños agujeros de la persiana. Tenían esa pequeña costumbre común de dormir con la persiana un poco subida, para no estar totalmente a oscuras. No era una costumbre muy habitual en la gente, por eso fue una sorpresa cuando él descubrió que ella también la tenía.

– ¿Estás despierta?- le preguntó.

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Su habitación

La habitación permanecía aislada del exterior. Las ventanas tenían la persiana bajada y la puerta estaba totalmente cerrada. Además, había puesto unas cuantas cosas delante para impedir que alguien desde fuera pudiese abrirla y entrar.

No era muy grande, quizás unos 20 ó 25 metros cuadrados. No estaba mal para ser un dormitorio pero había tantas cosas tiradas, tanto desorden, que al final apenas quedaban unas esquinas donde poder sentarse sin aplastar o pisar algo.

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El pueblo

Cuántos recuerdos le traía aquel pueblo. Era volver a descubrir aquellas sensaciones de cuando era una niña: el sonido de los zapatos caminando sobre un camino de tierra, los lagartos que se escapan cuando ven que te aproximas o esa sombra que daba la gran copa de un árbol a cuyos pies podías sentarte simplemente para recoger piedras y sentirlas en tu mano. No eran como esas piedras que hay en las ciudades, perfectamente moldeadas y posiblemente orinadas en algún momento.  Porque aquí en el pueblo los perros no se pelean por marcar un árbol como su territorio. Hay árboles para todos.

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El soñador

Cuando era niño le gustaba jugar en un solar vacío que había cerca de su casa. Juntaba un montón de balones y simulaba una galaxia con la ayuda de más piedras. Siempre le encantaba imaginarse las órbitas, choques entre planetas, nuevos seres vivos con formas de latas y botellas…

Sus padres le regalaron su primer telescopio cuando tenía siete años. Ver Marte desde la ventana de su habitación con esa claridad le pareció algo increíble. Algo que no hizo más que aumentar sus ganas de ir allí algún día.

En la Agencia Espacial pudo volar al espacio. No había tanta oscuridad como había pensado. Ni si quiera tanto silencio. Siempre alguna máquina, algún ordenador o el propio sistema de soporte vital de su traje hacía demasiado ruido. Tardó tiempo en acostumbrarse y en intentar omitirlo. Cuando era pequeño siempre se imaginaba los misterios y tipos de vida que aun estaban ocultas más allá de las estrellas conocidas. Qué nuevos elementos estarían aún pendientes de descubrirse. Con el paso de los años, los nuevos estudios, la ciencia más avanzada… sabía que no había nada más allá que no se hubiese visto antes. Por eso estaba en parte decepcionado pero aun convencido de que él podría descubrir algo nuevo. Era cierto que el negro del espacio y la ausencia de un horizonte siempre motivaba a la imaginación a la hora de desear que en algún lugar aun hubiese algo oculto a los ojos del hombre y sus máquinas.

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Una carta

Querida,

sé que hace muchos años que nos vimos por primera vez. Aquel verano caluroso, cerca de la playa, donde nuestros caminos se encontraron para hacernos perder la cabeza. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, lo sé. Nos hemos divertido mucho juntos y también hemos llorado. Quizás lo segundo pese más que lo primero pero lo primero lo recordamos con añoranza. Ahora todo es diferente. La vida nos ha vuelto a separar y ha hecho nuestros caminos paralelos aun con la alegría, al menos, de llevarnos en la misma dirección y que podamos vernos, aunque no cruzarnos.

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