El único

Todos los días iba a trabajar a su oficina. Una oficina de casi 200 metros cuadrados. Demasiado grande. no sé para qué necesito tanto espacio. Su mesa estaba en una esquina, al fondo de la oficina y casi al lado de una ventana que daba a un muro. Todos los días, al llegar, lo primero que hacía era encender el aire acondicionado. Allí trabajaba todo el día, haciendo una pequeña pausa para comer la comida que se había traído de casa, y seguía las mismas horas por la tarde delante de su ordenador, jugando a videojuegos (aprovechando que nadie le veía)  o leyendo una y otra vez las mismas páginas web.

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Permanecieron sentados a los pies de la cama. Cuando él ya se levantaba para marcharse ella lo agarró de la mano y lo acercó para darse un abrazo.

– No te alejes de mi.
– Ven tú conmigo.

Y cerraron los ojos para estar siempre juntos.

Una cita bajo la lluvia

Al salir del restaurante llovía de una forma que parecía que llevaba una semana lloviendo. Ninguno de los dos se fijó en eso. Solo importaba la eternidad de esa noche. Era como soñar sabiendo que estás en un sueño y puedes cambiarlo todo para que sea maravilloso. Así estaba siendo esta noche para los dos. Todo tenía un fin, lamentablemente, también para ellos dos. Y aquella noche se estaba acabando. Él la acompañó hasta su casa, no demasiado lejos, andando ya que el taxi era demasiado rápido y ninguno de los dos quería ni pensar en arañarle un segundo a la cita. Pasearon bajo un gran paraguas, que no impidió que ambos terminasen con los pantalones totalmente empapados, hasta su portal. Hablaron sobre su próxima cita. Quizás algo más larga. Una escapada en coche a una ciudad donde fueran desconocidos.

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Antes de dormir

A media noche, la luz anaranjada de la farola de la calle entraba por la habitación a través de los pequeños agujeros de la persiana. Tenían esa pequeña costumbre común de dormir con la persiana un poco subida, para no estar totalmente a oscuras. No era una costumbre muy habitual en la gente, por eso fue una sorpresa cuando él descubrió que ella también la tenía.

– ¿Estás despierta?- le preguntó.

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Su habitación

La habitación permanecía aislada del exterior. Las ventanas tenían la persiana bajada y la puerta estaba totalmente cerrada. Además, había puesto unas cuantas cosas delante para impedir que alguien desde fuera pudiese abrirla y entrar.

No era muy grande, quizás unos 20 ó 25 metros cuadrados. No estaba mal para ser un dormitorio pero había tantas cosas tiradas, tanto desorden, que al final apenas quedaban unas esquinas donde poder sentarse sin aplastar o pisar algo.

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El pueblo

Cuántos recuerdos le traía aquel pueblo. Era volver a descubrir aquellas sensaciones de cuando era una niña: el sonido de los zapatos caminando sobre un camino de tierra, los lagartos que se escapan cuando ven que te aproximas o esa sombra que daba la gran copa de un árbol a cuyos pies podías sentarte simplemente para recoger piedras y sentirlas en tu mano. No eran como esas piedras que hay en las ciudades, perfectamente moldeadas y posiblemente orinadas en algún momento.  Porque aquí en el pueblo los perros no se pelean por marcar un árbol como su territorio. Hay árboles para todos.

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El soñador

Cuando era niño le gustaba jugar en un solar vacío que había cerca de su casa. Juntaba un montón de balones y simulaba una galaxia con la ayuda de más piedras. Siempre le encantaba imaginarse las órbitas, choques entre planetas, nuevos seres vivos con formas de latas y botellas…

Sus padres le regalaron su primer telescopio cuando tenía siete años. Ver Marte desde la ventana de su habitación con esa claridad le pareció algo increíble. Algo que no hizo más que aumentar sus ganas de ir allí algún día.

En la Agencia Espacial pudo volar al espacio. No había tanta oscuridad como había pensado. Ni si quiera tanto silencio. Siempre alguna máquina, algún ordenador o el propio sistema de soporte vital de su traje hacía demasiado ruido. Tardó tiempo en acostumbrarse y en intentar omitirlo. Cuando era pequeño siempre se imaginaba los misterios y tipos de vida que aun estaban ocultas más allá de las estrellas conocidas. Qué nuevos elementos estarían aún pendientes de descubrirse. Con el paso de los años, los nuevos estudios, la ciencia más avanzada… sabía que no había nada más allá que no se hubiese visto antes. Por eso estaba en parte decepcionado pero aun convencido de que él podría descubrir algo nuevo. Era cierto que el negro del espacio y la ausencia de un horizonte siempre motivaba a la imaginación a la hora de desear que en algún lugar aun hubiese algo oculto a los ojos del hombre y sus máquinas.

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Una carta

Querida,

sé que hace muchos años que nos vimos por primera vez. Aquel verano caluroso, cerca de la playa, donde nuestros caminos se encontraron para hacernos perder la cabeza. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, lo sé. Nos hemos divertido mucho juntos y también hemos llorado. Quizás lo segundo pese más que lo primero pero lo primero lo recordamos con añoranza. Ahora todo es diferente. La vida nos ha vuelto a separar y ha hecho nuestros caminos paralelos aun con la alegría, al menos, de llevarnos en la misma dirección y que podamos vernos, aunque no cruzarnos.

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Jonás

La noche llegó sin que ninguno de los dos se diera cuenta. La cena, aún a medio terminar, había consistido en una larga conversación, muchas risas, muchas anécdotas (alguna inventada) y una comida en un segundo plano que seguramente ninguno de los dos recordaría.

En aquella azotea, desde donde se podía ver todo el barrio, fue donde comenzó aquella fiesta en la que se habían conocido hace ahora 12 años. Aún no se habían dado cuenta pero dentro de poco empezarían a recordar todo lo que han cambiado sus vidas en estos años. Después de la primera fiesta siguieron otras muchas más. Pero eso fue hace muchos años. Ahora aquella terraza, reconvertida casi en un jardín por la innumerable cantidad de macetas y flores, descansaba ya de la música y la gente. Él decían que se había jubilado. Que ahora cuidaba de las flores y miraba las obras de la ciudad.

– ¿Y entonces no hay nadie en tu corazón?- Dijo ella mirándole al pecho.
– Quien está en mi corazón, está ahora también esta azotea conmigo.

La cena terminó y llegaron las copas. Apoyados sobre la barandilla divisaron todo el barrio. Ese barrio en el que los dos nacieron pero no se conocieron hasta mucho después de dejar el instituto. El destino los había apartado haciéndoles esperar el mejor momento para que se conocieran. Las estrellas se encendieron en el cielo y las calles se iluminaron artificialmente. Hablaron sobre el espacio, las estrellas, el sol, los planetas, su casa, su futuro…

El timbre sonó.

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El chico en la playa

El chico, acostado en la orilla, dejaba que las olas del mar jugasen a mojarle mientras permanecía acostado sobre la arena; aún levemente húmeda por la marea que, poco a poco, abandonaba por unas horas las cotas más altas de la playa.

El cielo, lo único que veía, permanecía azul hasta donde la vista le alcanzaba, que no era mucho. Apenas, de vez en cuando, alguna gaviota despistada rompía el monocromático cielo.

Con su mano derecha jugaba a rascar la arena. Casi sin hacer ningún esfuerzo lograba encontrar agua. Mientras tanto, la izquierda permanecía inmóvil, tostándose al sol descansando sobre el vientre, en estado de reposo despreocupada de las aventuras de su hermana diestra.

El chico rompió sus pensamientos cuando escuchó una voz que le llamaba. Era ella. Finalmente lo había encontrado. Apareció encima de su cabeza, como un eclipse, haciendo inevitable mirarla a los ojos.

– ¿Dónde estabas? ¡Llevo toda la marea buscándote!
– Pues no me he movido de aquí.
– Vámonos. Pronto llegará la gente.

El chico se alzó y la siguió hasta el interior del mar. Se sumergieron y nadaron hasta su hogar, en la profundidad del mar.