El soñador

Cuando era niño le gustaba jugar en un solar vacío que había cerca de su casa. Juntaba un montón de balones y simulaba una galaxia con la ayuda de más piedras. Siempre le encantaba imaginarse las órbitas, choques entre planetas, nuevos seres vivos con formas de latas y botellas…

Sus padres le regalaron su primer telescopio cuando tenía siete años. Ver Marte desde la ventana de su habitación con esa claridad le pareció algo increíble. Algo que no hizo más que aumentar sus ganas de ir allí algún día.

En la Agencia Espacial pudo volar al espacio. No había tanta oscuridad como había pensado. Ni si quiera tanto silencio. Siempre alguna máquina, algún ordenador o el propio sistema de soporte vital de su traje hacía demasiado ruido. Tardó tiempo en acostumbrarse y en intentar omitirlo. Cuando era pequeño siempre se imaginaba los misterios y tipos de vida que aun estaban ocultas más allá de las estrellas conocidas. Qué nuevos elementos estarían aún pendientes de descubrirse. Con el paso de los años, los nuevos estudios, la ciencia más avanzada… sabía que no había nada más allá que no se hubiese visto antes. Por eso estaba en parte decepcionado pero aun convencido de que él podría descubrir algo nuevo. Era cierto que el negro del espacio y la ausencia de un horizonte siempre motivaba a la imaginación a la hora de desear que en algún lugar aun hubiese algo oculto a los ojos del hombre y sus máquinas.

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La luna rosa

Las estrellas eran diferentes aquella noche. Eran rosas. Igual que la luna. No se sorprendió al verlas porque, la verdad, siempre quiso ver las estrellas de color rosa. Acostada desde su cama miraba atenta por la ventana. Algún día las estrellas serán verdes, pensó. A quien no le gustaría que las estrellas fueran cada una de un color diferente. Millones de colores todas las noches en el cielo. Sería precioso. Pero hoy sólo son rosas y la luna está escondida detrás del edificio que hay delante. Supuso que estaría allí por la gran luz rosa que salía desde detrás del edificio. Malditos vecinos, pensó. Están viendo una gran luna rosa en el cielo y yo solo tengo miles estrellasQuizás si espero un poco podré ver cómo aparece al otro lado del edificio. Pero cuando la luna rosa apareció ella ya se había quedado dormida.

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El peligro de quererla

Él corría peligro, porque estaba profundamente enamorado de ella. Y no hay nadie que te pueda hacer más daño que esa persona a la que amas. La deseaba por encima de todo, hasta el punto de que era lo único que amaba en el mundo. Estar con ella. Sentir su calor. Esconder su cabeza bajo su jersey. Sentir su susurro.
Un día cuando llegó a casa ella ya no estaba. Dejó pasar las horas y comprendió, varios días después, que ya no volvería. Ni ella. Ni su calor. Ni su jersey. Ni su susurro. Dio vueltas a su cabeza durante días intentando comprender qué había pasado pero no encontró su error.
Así que ya solo le quedaban sus recuerdos. Y no volvió a salir de casa nunca más, para no perderlos.
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