Sentirse sólo

La lluvia no cesó durante toda la noche. El viento gélido se le metía por todos los huecos que su ropa no tababa. Casi podía sentir cómo le llegaba hasta los huesos. Estaba sentado en una escalera de la calle. Sin ganas ni de impedir que la gotas de lluvia llegasen hasta la espalda a través de su cuello. En el cielo la luz de un trueno iluminó sus pies, en un charco de agua hasta los tobillos.

Se sintió triste, arruinado. Ahora ya estaba sólo.

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La chica que no sabía quién era

Se sentía una fracasada. Cuando llegaba la noche lloraba por no ser como su familia esperaba que fuera. Esa chica entretenida y charladora. Sin embargo simplemente era una chica a la que nadie hablaba porque todos sabían que no tenía nada que decir.


Un día se sentó en lo alto de la montaña desde donde se veía toda la ciudad. Allí, alejada de cualquier persona, es donde menos sola se sentía. Tenía la sensación de que formaba parte de la naturaleza. De que los árboles, las lechuzas, los conejos y los perros callejeros eran capaces de entenderla. Al menos no se sentía juzgada bajo su mirada.

Pensó si valía la pena vivir así. Sin personalidad y en una frecuencia diferente al resto de gente. Pensó si esa era la vida que quería vivir y tenía claro que no. Tenía claro que estaba harta de que la gente la mirase como alguien a quien tratar de forma especial.

Volvió la vista a la ciudad. Las luces naranjas invadían la oscuridad hasta desvanecerse poco a poco en el cielo. Buscó su edificio entre las calles hasta que le pareció encontrarla. Qué pequeña le parecía la ciudad desde allí arriba.

Un conejo salió de entre los matorrales y se acercó a ella. Se miraron con curiosidad hasta que el conejo movió una de sus orejas y le dijo:

– No pienses que la gente siempre espera algo de ti. Los que te conocen te quieren como eres.

No le dio tiempo ni a darle las gracias cuando el conejo empezó a dar saltos hasta desaparecer por el mismo matorral por el que había aparecido.

– Los que me conocen me quieren como soy. Eso es cierto. Pero tengo la sensación de que a los demás les gustaría que fuera de otra forma. Sobre todo a mis padres.

No le dio tiempo a pensar mucho más cuando levantó la vista y tenía sentado ante sí a un perro.

– Todos somos diferentes, pero iguales. Y todos somos especiales a los ojos de alguien.

Se levantó y siguió el mismo camino que el conejo. Ella se quedó pensativa, y decidió que ya había escuchado bastante. Se subió al coche y volvió a casa.

Es cierto que ella siempre sentiría que no es tan buena en la vida como sus padres o amigos esperaban de ella, pero tenía que dejar de tener esa sensación de que todo lo que hace no vale para nada. Gracias al conejo y al perro aprendió que no puede cambiar su forma de ser, pero podía aprender a vivir así.

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