La luna rosa

Las estrellas eran diferentes aquella noche. Eran rosas. Igual que la luna. No se sorprendió al verlas porque, la verdad, siempre quiso ver las estrellas de color rosa. Acostada desde su cama miraba atenta por la ventana. Algún día las estrellas serán verdes, pensó. A quien no le gustaría que las estrellas fueran cada una de un color diferente. Millones de colores todas las noches en el cielo. Sería precioso. Pero hoy sólo son rosas y la luna está escondida detrás del edificio que hay delante. Supuso que estaría allí por la gran luz rosa que salía desde detrás del edificio. Malditos vecinos, pensó. Están viendo una gran luna rosa en el cielo y yo solo tengo miles estrellasQuizás si espero un poco podré ver cómo aparece al otro lado del edificio. Pero cuando la luna rosa apareció ella ya se había quedado dormida.

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La destrucción

El cielo estaba naranja. Aunque le parecía que había una gran luz en lo alto, la verdad es que la densa niebla mezclada con ceniza hacía imposible saber si el Sol estaba ahí fuera o no. Toda la luz que le iluminaba venía del interior de la Tierra. Una luz naranja, fuerte y oscura.
Con mil ríos de lava a su alrededor apenas podía moverse de la pequeña isla de tierra fría en la que afortunadamente pudo aterrizar. Al menos estaba en un lugar seguro. Pero, ¿para qué quería estar seguro? La Tierra estaba siendo destrozada. Abriéndose desde el interior y sacando todas sus entrañas. ¿Cómo estaría el resto del planeta? Cuando volaba apenas pudo ver más allá de unos cuantos kilómetros. Pero viendo la destrucción que reinaba en todo cuanto le alcanzaba la vista y sin rastro de ningún tipo de vida animal daba por hecho de que posiblemente el resto del planeta se encontraba ya totalmente destrozado. Tenía sentido si pensaba en los fallos en las comunicaciones que se habían estado produciendo desde hacía unos días.
Ahora tan solo podía sentarse en un  montículo de arena. Observando como el planeta llevaba a todo ser viviente a la muerte. Viendo como el ciclo de la vida volvía a empezar. Vida – muerte – vida – muerte. Lo dinosaurios no pudieron vencerle y los humanos tampoco. Quizás dentro de millones de años cuando vuelva a resurgir la vida, lo haga en una forma más inteligente, más adaptada y sepa como sobrevivir en su planeta.
Sin futuro decidió no retrasar más la evolución. Buscó por los límites de la isla la grieta más grande y más profunda. Y saltó.

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Libertad

Acostado con los ojos cerrados solo escuchaba el azul del mar. Inspiró aire para respirar ese olor a sal marina, ese olor a amor de verano, ese sabor a anocheceres en la playa.

Se puso de pie con cuidado para no caerse de la embarcación. Miró en todas direcciones y solo vio un oceano inmenso. Era feliz. Desnudo se lanzó al agua sumergiéndose hasta donde le daba la respiración. Ahora se encontraba lejos del pequeño barco. Aun más solo si podía ser.
Se acostó boca arriba en la frontera del agua y el aire y dejó sumergidos sus oídos. Podía escuchar a los animales marinos hablar entre ellos. Hablaban de viajes interminables. De lugares con el agua más caliente que nunca habían probado. De zonas donde los pescadores amenazaron sus vidas.

Volvió a abrir los ojos. El azul del día se había convertido en el negro de las estrellas. Las vió reflejadas en el agua y sentia que las estrellas lloraban temblorosas. ¿De qué tiene miedo una estrella?

Sintió frío y echó a volar. Era hora de volver a casa.


 

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El vecino de enfrente

Mientras los niños jugaban en el patio, ella observaba desde la ventana a un vecino del edificio de enfrente. Él hacía la cama, acomodando las sábanas con cuidado y poniendo su pijama bajo la almohada. Le parecía un chico atractivo, alto, fuerte… Fue cuando él se acercó a la ventana para abrirla cuando levantó la vista y sus miradas chocaron. Ella se sobresaltó con un susto, como un niño pequeño cuando le pillan haciendo una travesura. Pero mantuvo la mirada y sonrieron a la vez.
Detrás del chico se abrió una puerta. Entró una mujer y le sorprendió mirándola por la ventana. En cinco segundos apenas le dio tiempo a ver como la mujer le daba una bofetada al chico y bajaba rápidamente la persiana. Ella se quedó sorprendida sin saber qué hacer. En el patio los niños ya habían dejado de jugar.

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Soñando con ella

Durante años vivió con la misma obsesión. Cada noche pensaba en ella al acostarse para verla en sus sueños y poder vivir en su compañía lo que no podía hacer en la realidad. Así estuvo durante años hasta que una noche, por fin, logró verla. Soñó con ella paseando por un jardín lleno de flores y árboles y navegando en góndola por un lago infinito.
Pasó las noches siendo feliz en sus citas con ella. Hacía planes durante el día para llevarla a maravillosos lugares por las noches. Y fue pasando el tiempo y cada día hacía la noche más larga y y el día más corto. Llegó el momento en que dejó de vivir y ya solo dormía.

Por fin volvían a estar juntos los dos, otra vez, ahora para siempre.

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Madre

La soledad es un sentimiento que siempre nos acompaña. Viaja con nosotros a nuestro lado para que podamos sentirnos solos.

Pensó en su vida hasta ese día. Muchos éxitos profesionales pero infeliz en su vida personal. Hijos díficiles y una pareja que nunca comprendió sus necesidades. 
Y si no hubiese vivido tan rápido…
Era demasiado joven y no tomé buenas decisiones…

De qué servía todo lo que había hecho en su vida. Tirada al traste. Una vida incomprendida. Entró en depresión.

– Hoy mamá no ha ido a trabajar. La abuela está llorando.

Pasó el resto del día en la oscuridad. Quizás hubiese bastado con que alguien le hiciese recordar lo bonita y afortunada que es su vida pero nadie supo hacerlo.

Mis pastillas, mi cama… Hoy me duele la cabeza.
¿Cuánto hay que alejarse para que te echen de menos?

– Mamá se ha ido de casa.


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Tener miedo al miedo

Cuando Xurxo se miró las manos pensó en lo terrorífico que es tener miedo. El miedo a tener miedo. Pensó en cada una de las veces que dejó de hacer algo por miedo a que alguien se lo reprochara, o por miedo al fracaso. 

– ¡Cuántas oportunidades perdidas!- Pensó. – A partir de ahora dejaré de tener miedo.

Se limpió las manos de la tierra y observó tranquilo lo poco que quedaba del agujero en la tierra.

– ¡Ya no podrás volver a darme miedo!

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En el autobús

Vio que ella se sentó a su lado. No habrá más plazas libres, pensó. No hay otro motivo por el que decidiera sentarse junto a mi. Antes de que lo hiciera le dio tiempo a examinarla: una chica más joven que él, con gafas de sol marrones y una blusa blanca. Es una suerte que haga tanto calor, pensó.

El autobús volvió a arrancar y se puso en camino. Lento, con muchas paradas. Se atrevió a decirle:
– Hace calor hoy, eh.- Y esbozó una sonrisa. No quería que ella pensara mal de él.
– Eh.. si.- Ella también sonrió, pero pronto devolvió su mirada al teléfono móvil con el que jugaba.
– Si, pero está nublado. Seguro que esta noche habrá tormenta.
– No creo, las nubes no son tan negras.

A él siempre le pareció absurdo hablar del tiempo y lamentó haber recurrido a un tema tan típico.

– Este bus siempre va bastante lleno.

Ella apenas levantó la mirada del móvil.

– Si…

Él se avergonzó por haber empezado a hablar con ellla y decidió seguir callado el resto del viaje.

Más adelante, el chico se bajó en una parada y la chica quedó sola.

– Ya se ha marchado, qué tonta, era un buen chico.- Escribió en su móvil.
– Lo has dejado marchar por tímida, tenías que haber hablado más con él. – Su amiga le respondió al mensaje.
– Ya, pero qué vergüenza, no sabía qué decirle.
– Quizás algún día te lo vuelvas a encontrar.
– Ojalá.

Cuando llegó a casa volvió a entrarle esa depresión. No podía evitarlo. Ver su casa en silencio y con las luces apagadas le hacía sentirse aun más sola. No podía sacarse a aquel chico de la cabeza. Cenó algo rápido y se acostó en el sofá para ver la televisión toda la noche, hasta que se quedó dormida con el mando a distancia en la mano.

A media noche un trueno la despertó. Había empezado una tormenta.

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La carta de amor

Hola,


Te echo de menos. Y es lo primero que te digo en esta carta porque tenía tantas ganas de decírtelo que no podía esperar más para que lo supieras. Recuerdo que un día me dijiste que echabas de menos que alguien te escribiese una carta postal. Por eso te he escrito esta. No sé cómo puedo pasar tantos años sin verte, sin saber nada de ti. Cuando estoy triste lo único que puedo hacer para alegrarme un poco es pensar que estás a mi lado. Y no sabes cuanto lo hago… Todos los días, durante los últimos cinco años, he pensado en ti.

No me acuerdo cuanto tiempo estuvimos saliendo juntos. Lo de salir es una forma de hablar, porque lo nuestro no era nada serio. Realmente ni nosotros sabíamos lo que era pero teníamos miedo a tocar algo y estropearlo. ¿Cuántos veranos estuvimos viéndonos? ¿Cuatro, cinco? Ya no me acuerdo y me alegro de que sea así. Fueron los mejores años de mi vida y quiero darte las gracias por haberme dejado pasarlos contigo. Tantos kilómetros en coche, tantas citas en la oscura playa, tantos besos bajo los árboles… Eras una persona fantástica. Siempre me apoyabas, siempre sabías lo que decirme cuando lo necesitaba. Y yo… que me porté tan mal contigo. Nunca me castigaré lo suficiente por haberte tratado tan mal. Ya no te pido que me perdones, los dos aprendimos mucho de aquello.

No puedo dejar de pensar en cómo sería nuestra vida si hubiésemos seguido juntos. Como serían las comidas con nuestros padres, las noches sin dormir, juntar a nuestros amigos comunes… Todo sería tan diferente… Quizás, si aquel día no hubiese pasado lo que pasó, aun seguiríamos juntos. Quien sabe. En lo más profundo de mis sentimientos quiero estar contigo. Sé que ahora es imposible, ya no puede ser… pero me gustaría tanto…

Te echaré de menos y seguiré pensando en ti cada día, no lo dudes.


Cerró la carta y se agachó para dejarla sobre la tumba, al lado de un ramo de flores que alguien había dejado allí. Volvió andando hacia su coche, donde rompió a llorar.
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