El chico en la playa

El chico, acostado en la orilla, dejaba que las olas del mar jugasen a mojarle mientras permanecía acostado sobre la arena; aún levemente húmeda por la marea que, poco a poco, abandonaba por unas horas las cotas más altas de la playa.

El cielo, lo único que veía, permanecía azul hasta donde la vista le alcanzaba, que no era mucho. Apenas, de vez en cuando, alguna gaviota despistada rompía el monocromático cielo.

Con su mano derecha jugaba a rascar la arena. Casi sin hacer ningún esfuerzo lograba encontrar agua. Mientras tanto, la izquierda permanecía inmóvil, tostándose al sol descansando sobre el vientre, en estado de reposo despreocupada de las aventuras de su hermana diestra.

El chico rompió sus pensamientos cuando escuchó una voz que le llamaba. Era ella. Finalmente lo había encontrado. Apareció encima de su cabeza, como un eclipse, haciendo inevitable mirarla a los ojos.

– ¿Dónde estabas? ¡Llevo toda la marea buscándote!
– Pues no me he movido de aquí.
– Vámonos. Pronto llegará la gente.

El chico se alzó y la siguió hasta el interior del mar. Se sumergieron y nadaron hasta su hogar, en la profundidad del mar.

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En el autobús

Vio que ella se sentó a su lado. No habrá más plazas libres, pensó. No hay otro motivo por el que decidiera sentarse junto a mi. Antes de que lo hiciera le dio tiempo a examinarla: una chica más joven que él, con gafas de sol marrones y una blusa blanca. Es una suerte que haga tanto calor, pensó.

El autobús volvió a arrancar y se puso en camino. Lento, con muchas paradas. Se atrevió a decirle:
– Hace calor hoy, eh.- Y esbozó una sonrisa. No quería que ella pensara mal de él.
– Eh.. si.- Ella también sonrió, pero pronto devolvió su mirada al teléfono móvil con el que jugaba.
– Si, pero está nublado. Seguro que esta noche habrá tormenta.
– No creo, las nubes no son tan negras.

A él siempre le pareció absurdo hablar del tiempo y lamentó haber recurrido a un tema tan típico.

– Este bus siempre va bastante lleno.

Ella apenas levantó la mirada del móvil.

– Si…

Él se avergonzó por haber empezado a hablar con ellla y decidió seguir callado el resto del viaje.

Más adelante, el chico se bajó en una parada y la chica quedó sola.

– Ya se ha marchado, qué tonta, era un buen chico.- Escribió en su móvil.
– Lo has dejado marchar por tímida, tenías que haber hablado más con él. – Su amiga le respondió al mensaje.
– Ya, pero qué vergüenza, no sabía qué decirle.
– Quizás algún día te lo vuelvas a encontrar.
– Ojalá.

Cuando llegó a casa volvió a entrarle esa depresión. No podía evitarlo. Ver su casa en silencio y con las luces apagadas le hacía sentirse aun más sola. No podía sacarse a aquel chico de la cabeza. Cenó algo rápido y se acostó en el sofá para ver la televisión toda la noche, hasta que se quedó dormida con el mando a distancia en la mano.

A media noche un trueno la despertó. Había empezado una tormenta.

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