Jonás

La noche llegó sin que ninguno de los dos se diera cuenta. La cena, aún a medio terminar, había consistido en una larga conversación, muchas risas, muchas anécdotas (alguna inventada) y una comida en un segundo plano que seguramente ninguno de los dos recordaría.

En aquella azotea, desde donde se podía ver todo el barrio, fue donde comenzó aquella fiesta en la que se habían conocido hace ahora 12 años. Aún no se habían dado cuenta pero dentro de poco empezarían a recordar todo lo que han cambiado sus vidas en estos años. Después de la primera fiesta siguieron otras muchas más. Pero eso fue hace muchos años. Ahora aquella terraza, reconvertida casi en un jardín por la innumerable cantidad de macetas y flores, descansaba ya de la música y la gente. Él decían que se había jubilado. Que ahora cuidaba de las flores y miraba las obras de la ciudad.

– ¿Y entonces no hay nadie en tu corazón?- Dijo ella mirándole al pecho.
– Quien está en mi corazón, está ahora también esta azotea conmigo.

La cena terminó y llegaron las copas. Apoyados sobre la barandilla divisaron todo el barrio. Ese barrio en el que los dos nacieron pero no se conocieron hasta mucho después de dejar el instituto. El destino los había apartado haciéndoles esperar el mejor momento para que se conocieran. Las estrellas se encendieron en el cielo y las calles se iluminaron artificialmente. Hablaron sobre el espacio, las estrellas, el sol, los planetas, su casa, su futuro…

El timbre sonó.

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Soñando con ella

Durante años vivió con la misma obsesión. Cada noche pensaba en ella al acostarse para verla en sus sueños y poder vivir en su compañía lo que no podía hacer en la realidad. Así estuvo durante años hasta que una noche, por fin, logró verla. Soñó con ella paseando por un jardín lleno de flores y árboles y navegando en góndola por un lago infinito.
Pasó las noches siendo feliz en sus citas con ella. Hacía planes durante el día para llevarla a maravillosos lugares por las noches. Y fue pasando el tiempo y cada día hacía la noche más larga y y el día más corto. Llegó el momento en que dejó de vivir y ya solo dormía.

Por fin volvían a estar juntos los dos, otra vez, ahora para siempre.

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Y sin embargo

Ella no pedía perdón. No era la clase de persona que asumía un error y pedía disculpas. Siempre encontraba otro culpable para sus defectos y mérito propio en sus aciertos.

A veces sospechaba que había traspado la raya. Su forma de pedir disculpas era nada más que acercarse y hacer un gesto cariñoso durante unos segundos. Ni una palabra. Y si escuchaba una respuesta fuera de tono entonces pasaba ella a ser la ofendida.

Y sin embargo, él la ama.

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El peligro de quererla

Él corría peligro, porque estaba profundamente enamorado de ella. Y no hay nadie que te pueda hacer más daño que esa persona a la que amas. La deseaba por encima de todo, hasta el punto de que era lo único que amaba en el mundo. Estar con ella. Sentir su calor. Esconder su cabeza bajo su jersey. Sentir su susurro.
Un día cuando llegó a casa ella ya no estaba. Dejó pasar las horas y comprendió, varios días después, que ya no volvería. Ni ella. Ni su calor. Ni su jersey. Ni su susurro. Dio vueltas a su cabeza durante días intentando comprender qué había pasado pero no encontró su error.
Así que ya solo le quedaban sus recuerdos. Y no volvió a salir de casa nunca más, para no perderlos.
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Me odia

Me lo dice con su mirada. Cuando cada vez que mira hacia mi a continuación lleva su mirada al cielo, exclamando como podía estar con alguien tan inútil. Cuando cada vez que le explicaba como algo me había salido mal, en silencio gesticulaba con los brazos clamando ¡por Dios, qué inútil eres! Cuando intentando explicarme algo soltaba a sus gritos si le hacía una pregunta.
Sé que me odia, pero no puedo dejar de quererla.

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Un amor para siempre

El chico descansaba sobre la arena mientras observaba como el Sol se escondía detrás del mar. Pensaba en ella. Pensaba en cuando se conocieron y sus primeras miradas. Desde el primer día en que la vio se dio cuenta de que era la mujer de su vida. 

Se conocieron hace unos años. Ella era una persona frágil y él fuerte y con necesidad de proteger. Tanto tiempo buscándola y por fin la tenía ante sus ojos. Más tarde, con el tiempo, llegaron los altibajos. A veces no era capaz de darle lo que necesitaba pero aun así, y pese a rechazos y muchos lloros, seguía a su lado y nunca la abandonaría.

Cuando el Sol desapareció por completo se puso en pie y se volvió a su coche. Antes de arrancar abrió la cartera y miró la foto de su hija. Siempre sería su pequeña.
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El tiempo y los recuerdos

La echaba de menos. Mucho. Soñaba con ella cada noche y cada día. Siempre que cerraba los ojos, aunque fuera un segundo, podía verla. Y sus sentimientos empeoraban porque cada vez su cara era más difuminada y su cuerpo más irreconocible. La estaba olvidando y no podía evitarlo. Necesitaba volver a ver su sonrisa, sus ojos y sus manos. Necesitaba volver a escuchar su voz, hace tiempo ya olvidada.

Buscó aquel árbol donde hace más de diez años tallaron sus nombres y una fecha, pero el mismo árbol ya los había borrado. Fue a la tienda donde ella solía trabajar y cada vez que pasaba miraba en su interior buscándola entre la gente, pero nunca la encontró. El tiempo se había llevado su recuerdo y ahora ya no existía.

Cuando llegó a casa ella estaba allí, en la cocina, donde casi siempre estaba. Él la vio, pero no la reconoció. Ya no era la chica de la sonrisa eterna, de la mirada dulce y manos suaves. Desapareció con los años comida por la monotonía y la infelicidad.

Siguieron pasando los años y él siguió buscando refrescar sus recuerdos.  Visitaba cada día el mismo árbol y la misma tienda, pero nunca la volvió a ver.
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El peor día de mi vida

Entre los edificios en obras de las afueras de la ciudad, la pareja descansaba dentro del coche. Era un día de verano y siempre elegían esta zona para tener un poco de intimidad, al pasar muy poca gente. Dentro del coche había silencio. La radio no sonaba y preferían no hablarse, porque sabían que lo que había que decir no era nada bueno.

Él ni siquiera reclinó el asiento como hacía siempre, porque quería hacerlo rápido. No quería prolongarlo más de lo necesario. Entonces decidió que ya estaba bien de esperar y empezó a hablar.


– No estoy seguro de querer hacer ese viaje contigo.

Ella se sorprendió. Hacía tiempo que contenía el llanto pero ahora era incapaz de retener las lágrimas.

– ¿Por qué no? Tenía la esperanza de que en ese viaje se arreglase todo.
– Es mejor dejarlo ya, no vamos a prolongarlo más. Yo no quiero seguir con esta historia. Lo siento, de verdad.

Ella se salió de su asiento para abrazarlo por el pecho. Lloraba y no quería ocultarlo. Seguía enamorada de él, de sus locuras, de su cabezonería. No quería imaginarse su vida sin él. Después de cuatro años… es bastante tiempo. Es volver a empezar la vida de cero y no quería hacerlo sin él.

Él la abrazó. Sintió pena por ella pero quería pensar que era lo mejor para los dos. Al fin y al cabo él no la valoraba como se merecía. No sería feliz a su lado. Las últimas semanas salieron conversaciones de boda y él no lo pudo soportar. Pensó que ya había pasado demasiado tiempo juntos y que ella hablase de boda era normal, pero se la veía tan ilusionada… Era demasiado cruel hacer que se olvidara de su sueño de casarse solo porque él no quería hacerlo. Era mejor dejarla, hacerle daño ahora para que pudiese encontrar a otro chico que compartiese con ella el sueño de un compromiso para toda la vida.

– Si un día… – Ella levantó la vista para mirarle a los ojos, mientras pasaba un dedo por el pecho de su chico-. Si un día quieres casarte, avísame, yo te estaré esperando.

Era una chica maravillosa. Él quería convencerse de que hacía lo correcto. Se quedaron un poco más sin decirse nada hasta que él arrancó el coche y la dejó en su casa, dándole el último beso. Nunca más se volvieron a ver. Cada noche él pensaba, acostado sobre su cama antes de dormir, sobre los cuatro años que estuvieron juntos. Cuantas cosas habían compartido en los mejores años de sus vidas. Como era posible que después de tantos años juntos no se volvieran a hablar nunca más. Como era posible que ya no se volviesen a ver. Tardó muchas noches en aprender que nunca podría olvidarla.

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La Princesa que perdí

El niño jugaba con alegría en el campo que había detrás de su casa. Había encontrado unos palos que su padrí dejó ahí después de arreglar la finca, y con ellos se entretenía lanzándolos lo más lejos que podía.


Carol, su vecina, se asomó por uno de los portales que dejaban entrar al campo donde estaba el niño. Sin hacer mucho ruido, pero procurándose que le viera bien, se acercó hasta él. Cuando estuvo lo suficientemente cerca le susurró al oído:


– Tuviste tu Princesa, y la perdiste…


El niño sonrió. Pasó su mano por el rostro de Carol apartándole parte de la melena que le tapaba los ojos, y le devolvió el susurro:


– No la perdí, ahora es mi Reina.


Carol se quedó para seguir jugando con el niño.

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