La luna rosa

Las estrellas eran diferentes aquella noche. Eran rosas. Igual que la luna. No se sorprendió al verlas porque, la verdad, siempre quiso ver las estrellas de color rosa. Acostada desde su cama miraba atenta por la ventana. Algún día las estrellas serán verdes, pensó. A quien no le gustaría que las estrellas fueran cada una de un color diferente. Millones de colores todas las noches en el cielo. Sería precioso. Pero hoy sólo son rosas y la luna está escondida detrás del edificio que hay delante. Supuso que estaría allí por la gran luz rosa que salía desde detrás del edificio. Malditos vecinos, pensó. Están viendo una gran luna rosa en el cielo y yo solo tengo miles estrellasQuizás si espero un poco podré ver cómo aparece al otro lado del edificio. Pero cuando la luna rosa apareció ella ya se había quedado dormida.

Compartir en las redes sociales

Madre

La soledad es un sentimiento que siempre nos acompaña. Viaja con nosotros a nuestro lado para que podamos sentirnos solos.

Pensó en su vida hasta ese día. Muchos éxitos profesionales pero infeliz en su vida personal. Hijos díficiles y una pareja que nunca comprendió sus necesidades. 
Y si no hubiese vivido tan rápido…
Era demasiado joven y no tomé buenas decisiones…

De qué servía todo lo que había hecho en su vida. Tirada al traste. Una vida incomprendida. Entró en depresión.

– Hoy mamá no ha ido a trabajar. La abuela está llorando.

Pasó el resto del día en la oscuridad. Quizás hubiese bastado con que alguien le hiciese recordar lo bonita y afortunada que es su vida pero nadie supo hacerlo.

Mis pastillas, mi cama… Hoy me duele la cabeza.
¿Cuánto hay que alejarse para que te echen de menos?

– Mamá se ha ido de casa.


Compartir en las redes sociales

Con 4 años

Cogió aire, sintiendo como entraba la luz en su cuerpo y llenaba cada parte de su interior. El Universo en el que se encontraba se convirtió en un gran pasillo lleno de puertas. Empezó a caminar y se fijó en que cada puerta tenía encima un número. Se detuvo ante la puerta con el número 4 y la atravesó.

Dentro se encontró una habitación casi vacía. En el centro, un niño de 4 años jugaba con un coche. No había nadie más cuidando de él. Simplemente solo en una habitación, sentado en el suelo, con un coche en la mano deslizándolo adelante y atrás.

– Hola, ¿quién eres?- le preguntó al niño.
– Soy tu con 4 años.
– ¿Y qué haces aquí?
– Estoy jugando con un coche.
– ¿Por qué juegas solo? ¿No prefieres estar con amigos?
– No, solo estoy mejor. Tengo más libertad para hacer lo que quiera.
– Dime, ¿qué te gustaría ser de mayor?
– Escritor.
– ¿Te gusta escribir?
– Si, inventarme historias me hace feliz.
– He de irme. Gracias por hablar conmigo. Si cuando seas mayor quieres escribir, hazlo, no dejes de hacerlo. Si no haces lo que deseas y eres feliz tendrás muchos problemas de salud. ¿Lo harás?
– Ahá.- El niño contestó sin dejar de mirar el coche con el que estaba jugando.

Salió de la habitación y cerró la puerta. El pasillo desapareció y volvió a flotar en el Universo. Rodeado de estrellas sintió otra vez la luz entrando en su cuerpo y llegando a cada músculo después de cada exhalación. Después, despertó.

Compartir en las redes sociales

Tener miedo al miedo

Cuando Xurxo se miró las manos pensó en lo terrorífico que es tener miedo. El miedo a tener miedo. Pensó en cada una de las veces que dejó de hacer algo por miedo a que alguien se lo reprochara, o por miedo al fracaso. 

– ¡Cuántas oportunidades perdidas!- Pensó. – A partir de ahora dejaré de tener miedo.

Se limpió las manos de la tierra y observó tranquilo lo poco que quedaba del agujero en la tierra.

– ¡Ya no podrás volver a darme miedo!

Compartir en las redes sociales

En el autobús

Vio que ella se sentó a su lado. No habrá más plazas libres, pensó. No hay otro motivo por el que decidiera sentarse junto a mi. Antes de que lo hiciera le dio tiempo a examinarla: una chica más joven que él, con gafas de sol marrones y una blusa blanca. Es una suerte que haga tanto calor, pensó.

El autobús volvió a arrancar y se puso en camino. Lento, con muchas paradas. Se atrevió a decirle:
– Hace calor hoy, eh.- Y esbozó una sonrisa. No quería que ella pensara mal de él.
– Eh.. si.- Ella también sonrió, pero pronto devolvió su mirada al teléfono móvil con el que jugaba.
– Si, pero está nublado. Seguro que esta noche habrá tormenta.
– No creo, las nubes no son tan negras.

A él siempre le pareció absurdo hablar del tiempo y lamentó haber recurrido a un tema tan típico.

– Este bus siempre va bastante lleno.

Ella apenas levantó la mirada del móvil.

– Si…

Él se avergonzó por haber empezado a hablar con ellla y decidió seguir callado el resto del viaje.

Más adelante, el chico se bajó en una parada y la chica quedó sola.

– Ya se ha marchado, qué tonta, era un buen chico.- Escribió en su móvil.
– Lo has dejado marchar por tímida, tenías que haber hablado más con él. – Su amiga le respondió al mensaje.
– Ya, pero qué vergüenza, no sabía qué decirle.
– Quizás algún día te lo vuelvas a encontrar.
– Ojalá.

Cuando llegó a casa volvió a entrarle esa depresión. No podía evitarlo. Ver su casa en silencio y con las luces apagadas le hacía sentirse aun más sola. No podía sacarse a aquel chico de la cabeza. Cenó algo rápido y se acostó en el sofá para ver la televisión toda la noche, hasta que se quedó dormida con el mando a distancia en la mano.

A media noche un trueno la despertó. Había empezado una tormenta.

Compartir en las redes sociales

Una chica de Barcelona

El invierno no se acababa de marchar. Un día tras otro la lluvia caía incansable golpeando la acera y tiñendo de gris el espíritu de la gente. Él salió de trabajar, tarde como siempre. De camino a la parada de bus se fijó: una mujer, alta, se mantenía de pie apoyada contra la pared. En una mano vendada sostenía un trozo de cartón con algo escrito a lapiz:
Pido dinero para volver a casa. Piensa que podrías ser tú
Leer eso le sentó como una losa. Siempre pensó en las posibilidades que tendría él de acabar pidiendo en la calle y cada vez que lo hacía se daba cuenta de que eran bastante grandes. Si le faltara el trabajo no aguantaría mucho sin pagar el alquiler, y no tenía más lugares donde ir. Volvió sobre sus pasos y se acercó a ella.
– ¿De dónde eres?
Ella se sobresaltó. No esperaba que nadie se acercara para hablarle. Llenó sus ojos de ilusión y empezó a hablar atropelladamente.
– De Barcelona.
– ¿Y cómo has llegado hasta aquí?
– Por mi pareja. Vine para intentar arreglar las cosas con él pero no fue posible. Y aquí no conozco a nadie, no tengo donde estar, nadie me puede ayudar ni Cruz Roja ni nadie… Allí en Barcelona al menos conozco a gente y al estar empadronada me dan ayudas.
Mientras hablaba, acercaba su mano al chico. Le hablaba y le contaba su historia pero todas las palabras escondían detrás un gracias por hablar conmigo.
Él volvió a pasar por esa calle todos los días, pero la chica nunca más volvió a aparecer. Quizás siga en la calle con un cartel en la mano, en una ciudad al otro lado del país.
Compartir en las redes sociales

La carta de amor

Hola,


Te echo de menos. Y es lo primero que te digo en esta carta porque tenía tantas ganas de decírtelo que no podía esperar más para que lo supieras. Recuerdo que un día me dijiste que echabas de menos que alguien te escribiese una carta postal. Por eso te he escrito esta. No sé cómo puedo pasar tantos años sin verte, sin saber nada de ti. Cuando estoy triste lo único que puedo hacer para alegrarme un poco es pensar que estás a mi lado. Y no sabes cuanto lo hago… Todos los días, durante los últimos cinco años, he pensado en ti.

No me acuerdo cuanto tiempo estuvimos saliendo juntos. Lo de salir es una forma de hablar, porque lo nuestro no era nada serio. Realmente ni nosotros sabíamos lo que era pero teníamos miedo a tocar algo y estropearlo. ¿Cuántos veranos estuvimos viéndonos? ¿Cuatro, cinco? Ya no me acuerdo y me alegro de que sea así. Fueron los mejores años de mi vida y quiero darte las gracias por haberme dejado pasarlos contigo. Tantos kilómetros en coche, tantas citas en la oscura playa, tantos besos bajo los árboles… Eras una persona fantástica. Siempre me apoyabas, siempre sabías lo que decirme cuando lo necesitaba. Y yo… que me porté tan mal contigo. Nunca me castigaré lo suficiente por haberte tratado tan mal. Ya no te pido que me perdones, los dos aprendimos mucho de aquello.

No puedo dejar de pensar en cómo sería nuestra vida si hubiésemos seguido juntos. Como serían las comidas con nuestros padres, las noches sin dormir, juntar a nuestros amigos comunes… Todo sería tan diferente… Quizás, si aquel día no hubiese pasado lo que pasó, aun seguiríamos juntos. Quien sabe. En lo más profundo de mis sentimientos quiero estar contigo. Sé que ahora es imposible, ya no puede ser… pero me gustaría tanto…

Te echaré de menos y seguiré pensando en ti cada día, no lo dudes.


Cerró la carta y se agachó para dejarla sobre la tumba, al lado de un ramo de flores que alguien había dejado allí. Volvió andando hacia su coche, donde rompió a llorar.
Compartir en las redes sociales

Todo por ella

¿Por qué se había enamorado de ella? ¿qué era lo que la hacía especial? No había tenido una infancia fácil. Con la ausencia del padre en el hogar y una madre superada por sus hijos, sus hermanos eran los dueños de la casa. Creció con el machismo en su hogar y eso le provocó desconfianza y una baja autoestima para el resto de su vida. 

Sin embargo, él pensó que podría cambiar eso. Aunque ella era una chica con mucho carácter y podía pasar de la risa al llanto con solo escuchar una canción, a él le encantaba. Y sabía que podía cambiar su vida, enseñarle que el mundo puede ser maravilloso y hacerla feliz. Sabía que podía conseguirlo y haría todo lo posible por verla feliz. Y si ella le pedía matrimonio, él se casaba.

Se fueron a vivir a un piso en la ciudad, para alejarla de los recuerdos que podría traerle el vivir en un casa en el campo, igual que durante su infancia. Él no le dijo ese motivo, simplemente le explicó que estar mejor comunicados ampliaría las posibilidades de tener un trabajo.

Pasaron los años y aunque ella seguía sin ser feliz, él seguía igual de seguro de que algún día lo sería. En el fondo él tenía como un plan, un guión a seguir para conseguir que fuera feliz. Y aunque ya pasaron muchos años desde que se casaron, creía ver un avance en ella. 

Su madre ya había muerto y sus hermanos estaban en paradero desconocido. Quizás en la cárcel, quizás en sudamérica, siempre decía ella. Ni si quiera fueron al entierro. Él sabía que había muchas posibilidades de que estuvieran muertos, pero nunca le comentó nada porque no quería hacerle daño.

Cuando a él le detectaron cáncer, le dejó sin posibilidad de tener hijos de forma natural. No se lo dijo a su mujer, por si algún día ella le pedía tener hijos, no quería quitarle esa ilusión de, al menos, intentarlo.
Cuando él murió, ella estuvo todo un mes llorando. De pronto se dio cuenta d que estaba sola. Ya no le quedaba familia, ni amigos, ni un marido que le cuidase.

– Le quería, pero era un inútil.- Decía ella. – Nunca hizo nada por hacerme feliz.
Compartir en las redes sociales

Amistades duraderas

Iba por el mismo camino de siempre, hacia su trabajo. Esa gran avenida, ancha, llena de carriles, con mucho tráfico en la carretera pero poca gente caminando por sus grandes aceras. Pensaba en sus cosas, en el trabajo, en las pocas ganas que tenía de ir, y las muchas que tenía de volver a casa. Lo de siempre. 
A lo lejos vio a Carlos caminando hacia él. Se sorprendió porque hacía muchos años que no lo veía. Lo imaginaba fuera de la ciudad, buscándose la vida en otro país, posiblemente Argentina o Brasil, donde él tenía familia.

Carlos era un amigo suyo de la infancia. Hicieron juntos los primeros años del colegio, hasta el instituto. Y siempre se sentaban juntos, haciendo los mismos chistes, colgando clase juntos, siempre en el mismo equipo en las clases de gimnasia… Eran los mejores amigos.
No solo en clase, también fuera. Cuando llegaban los sábados siempre se llamaban para ir juntos a jugar al fútbol en el patio. Ese patio de forma poliédrica cuyas porterías nunca tuvieron red. Se pasaban allí todo el fin de semana, jungando contra chicos mucho mayores que ellos.
Después entraron en el instituto, se hicieron mayores y las quedadas para jugar al fútbol dieron paso a quedar para salir por la noche. Sus primeras borracheras, las primeras novias… aquello afianzaba más su amistad.

Al terminar el instituto cada uno se fue por su lado. Carlos se fue a la universidad, donde hizo nuevos amigos, y él encontró trabajo en una empresa de la misma ciudad. Dejaron de lllamarse, de verse por las noches y con el tiempo perdieron el contacto. No hubo un día de despedida, si no que, cuando si quisieron dar cuenta, ya no tenían relación.
Aquello fue ya hace mucho tiempo, y en unos segundos se volverían a encontrar en la misma acera. Le preguntaría por su madre, por su familia, sus novias, su trabajo… le alegraría saber de él. Cuando aun estaba pensando en sus preguntas, ya lo tenía frente  a él.

– Hola Carl…

Carlos apartó la mirada. Primero la bajó al suelo y después al frente. Siguió su camino y ni si quiera se detuvo. 
Entendió que ya había quedado en el pasado. Que hubo una amistad pero el tiempo la consumió y ahora solo eran dos desconocidos más de la misma ciudad.
Compartir en las redes sociales

Vivir con miedo

Qué peligroso es vivir con miedo. Ese miedo a nada, el miedo interno a que ocurra algo. Él tenía ese problema. Vivía con miedo. Cada vez que hacía algo pensaba si eso podría molestar o alguien le podría decir algo por ello. Entonces decidía no hacerlo, por si acaso. Por miedo, no fuera  ser que alguien le dijera algo.

Y cuando se quiso dar cuenta, el miedo le había consumido. Había dejado de hacer cosas. Había dejado de hablar y participar en conversaciones. Había dejado sus aficiones y sus amigos. Todo por si acaso, porque en su cabeza inventaba historias donde siempre había alguien que se sentía molesto por lo que hacía. Y como evitar los enfrentamientos estaba en sus genes, prefería ir por la calle de enmedio y no hacer nada. 
Aunque seguía vivo, ya estaba muerto. 
Compartir en las redes sociales