Su habitación

La habitación permanecía aislada del exterior. Las ventanas tenían la persiana bajada y la puerta estaba totalmente cerrada. Además, había puesto unas cuantas cosas delante para impedir que alguien desde fuera pudiese abrirla y entrar.

No era muy grande, quizás unos 20 ó 25 metros cuadrados. No estaba mal para ser un dormitorio pero había tantas cosas tiradas, tanto desorden, que al final apenas quedaban unas esquinas donde poder sentarse sin aplastar o pisar algo.

Y allí permanecía, sentado a los pies de la cama, con las manos en la cabeza, pensando dónde estaba su vida. Era feliz encerrado en su mente, con sus sueños, sus cuentos, sus luces de colores y superhéroes de chica guapa. Abrió el cajón de la mesilla de noche para sacar sus recuerdos. Allí tenía guardado todo lo que recordaba de su infancia: sus abuelos, el colegio al que se llegaba por un camino de tierra, las visitas a la aldea, los juegos con sus primos, aquellas niñas del colegio… aunque si pensaba en el colegio se acordaba más de aquellos malos ratos de soledad en el recreo. Sacó el cajón de la mesilla y lo vació todo por el suelo lleno de rabia. Cuánta basura acumulada.

Estaba harto de él. Solo le traía malos recuerdos de ser una persona que no le gustaba ser. Cuantas cosas habría cambiado si pudiera hacerlo ahora. En aquella época no lo sabía, pero ahora echaba en falta a un mejor amigo.

Escuchó un ruido bajo la cama y levantó rápido los pies. Se acostó sobre la cama y asomó la cabeza por abajo para ver el origen de ese ruido. Allí estaban los cocodrilos. Aquellos cocodrilos que siempre estuvieron bajo su cama, esperando el momento en que se relajase y atacarlo. No eran solo los cocodrilos lo que había ahí abajo. También estaban todos sus miedos: la envidia, la muerte, la soledad… Decidió dejar de mirar e ignorarlos. Seguro que así desaparecerían.

Se miró al espejo de la puerta del armario. Allí había un viejo observándole detenidamente. Debería tener unos 80 años, con la cara llena de arrugas y unos ojos cansados, rodeados de ojeras. La boca estaba triste, cerrada, enfadada con el exterior.

Las paredes de la habitación estaban llenas de fotos. Todas en blanco y negro. Muchas de ellas no parecían tener un significado concreto: una piedra, un banco, un árbol, unos niños en un parque, un libro…

En una de las esquinas de la habitación estaba la puerta. Con el paso de los días la puerta se fue haciendo más pequeña. Un día ya era imposible que una persona pudiese cruzarla pero él no se dio cuenta. Ni siquiera pensaba en ella. Hasta que la puerta desapareció y nunca más pudo salir de aquella habitación, quedándose encerrado para siempre, sin que nadie lo echase de menos.

 

 

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