El pueblo

Cuántos recuerdos le traía aquel pueblo. Era volver a descubrir aquellas sensaciones de cuando era una niña: el sonido de los zapatos caminando sobre un camino de tierra, los lagartos que se escapan cuando ven que te aproximas o esa sombra que daba la gran copa de un árbol a cuyos pies podías sentarte simplemente para recoger piedras y sentirlas en tu mano. No eran como esas piedras que hay en las ciudades, perfectamente moldeadas y posiblemente orinadas en algún momento.  Porque aquí en el pueblo los perros no se pelean por marcar un árbol como su territorio. Hay árboles para todos.

Más adelante pasó por el campo de fútbol en el que jugaba con el resto de niños del pueblo cuando era una niña. Ella nunca jugaba al fútbol porque no le gustaba mancharse el vestido pero cuando se reunían todos solían jugar a algo que les gustase a todo el mundo. Nunca les ponían nombre a los juegos. Les llamaban el juego de cazarse o el de golpearse con la pelota. Pasaba los días con Carlos, el niño que vivía en la casa al lado de la iglesa. Miguel, un niño de pelo rubio cuyo su padre se había embarcado a América hace unos meses. Ana, una de sus mejores amigas con las que coleccionaba flores… Ahora, ese campo de fútbol apenas podía diferenciarse sobre el terreno porque estaba lleno de maleza y de hierba. Casi había desaparecido por completo.

Al lado del campo de fútbol había un pequeño banco de madera a los pies de un abeto. A pesar del paso del tiempo el banco se mantenía en pie. Se acercó aunque no se atrevió a sentarse; no quería que se rompiese y perderlo también. Pero el árbol era diferente. El tiempo se había detenido para él en una pequeña zona del tronco cerca del banco. Allí seguían escritos sus nombres dentro de un corazón, igual que el primer día, como si los años no hubieran pasado. Los nombres de un niño y una niña que soñaban con ser mayores juntos. Soñaban con crecer de la mano y con un destino que no los separaría. Ella, ahora, se reía. Su destino los separó cuando se terminó aquel verano para no volver a juntarlos nunca más.

El Sol se estaba ocultando. El invierno era muy frío en el pueblo, no como en la ciudad donde pasaba el resto del año. Llena de gente, coches, playas y mucho ruido. Era el contraste de la civilización veraniega y la soledad invernal. De repente los sonidos del bosque volvieron a escucharse. Apareció el frío de la soledad. Las copas de los árboles chocaban allá arriba y algunas aves volaban hacia algún destino. Ella también volvió a su casa. Ya no volvería hasta el invierno que viene. Como todos los inviernos.

 

 

Aunque tenía que desviarse casi una hora de su camino, aquel pueblo era una parada obligatoria todos los veranos. Dejó el coche a las fueras. El pueblo estaba tan abandonado que los caminos ya eran intransitables para un vehículo. Pisando piedras, alguna silva, alguna lagartija que corría por el camino… llegó hasta donde estaba el campo de fútbol, con su banco, con su árbol. En aquel campo se destrozaba las rodillas todos los días jugando al fútbol con Carlos cuando era niño. Se acercó al abeto y  sacó la navaja. Remarcó unos pequeños surcos en el tronco para que volviesen a ser visibles.

Que al menos esto no se borre nunca.

Miró el pequeño corazón, ahora otra vez como nuevo, y suspiró por aquel verano tan feliz con aquella chica. Ojalá volviera a verla.

Regresó al coche y se fue del pueblo. Hasta el verano siguiente. Como todos los veranos.

 

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