Jonás

La noche llegó sin que ninguno de los dos se diera cuenta. La cena, aún a medio terminar, había consistido en una larga conversación, muchas risas, muchas anécdotas (alguna inventada) y una comida en un segundo plano que seguramente ninguno de los dos recordaría.

En aquella azotea, desde donde se podía ver todo el barrio, fue donde comenzó aquella fiesta en la que se habían conocido hace ahora 12 años. Aún no se habían dado cuenta pero dentro de poco empezarían a recordar todo lo que han cambiado sus vidas en estos años. Después de la primera fiesta siguieron otras muchas más. Pero eso fue hace muchos años. Ahora aquella terraza, reconvertida casi en un jardín por la innumerable cantidad de macetas y flores, descansaba ya de la música y la gente. Él decían que se había jubilado. Que ahora cuidaba de las flores y miraba las obras de la ciudad.

– ¿Y entonces no hay nadie en tu corazón?- Dijo ella mirándole al pecho.
– Quien está en mi corazón, está ahora también esta azotea conmigo.

La cena terminó y llegaron las copas. Apoyados sobre la barandilla divisaron todo el barrio. Ese barrio en el que los dos nacieron pero no se conocieron hasta mucho después de dejar el instituto. El destino los había apartado haciéndoles esperar el mejor momento para que se conocieran. Las estrellas se encendieron en el cielo y las calles se iluminaron artificialmente. Hablaron sobre el espacio, las estrellas, el sol, los planetas, su casa, su futuro…

El timbre sonó.

Él se acercó a abrir pero cuando descolgó el telefonillo ya sólo pudo escuchar cómo se cerraba la puerta.

– ¿Quién era?
– No sé, pero quien fuera ya logró entrar.

En aquel momento eso fue algo que no les preocupó demasiado. Algún vecino sin llave del portal o alguien que se equivocó de piso. Lo dejaron pasar y pronto se olvidaron del asunto.

La noche llegó a la madrugada. Ese momento de la oscuridad en el que los más normales se van para cama y los más fuertes siguen despiertos disfrutando del ambiente nocturno. Ellos siguieron despiertos.  No querían dormir ni hacer nada que diese por terminado este mágico momento en el que eran felices juntos. En el que el resto del mundo no existía y que sabían sería irrepetible. La intimidad, el hablar bajito, las miradas cómplices y los roces accidentales. Todo era maravilloso. Pero la luna se fue a dormir y dio paso al Sol, quien encendió otra vez la ciudad.

Ellos aún estaban acostados en cama, todavía desnudos. Empezaron a despertarse por la luz que entraba tímidamente en la ventana. Se susurraron los buenos días justo antes de darse cuenta de que no estaban sólos en la habitación. Había otra persona, alguien a quien no habían visto en toda la noche pero que llevaba ahí desde poco después de encenderse las farolas. Estaba rígida, sin moverse, sentada en una silla cercana a la puerta del dormitorio ¿cuánto tiempo llevaba ahí? pensaron los dos al mismo tiempo.

– ¿Os sorprende verme? Estabáis tan borrachos que ni os disteis cuenta de que llevo aquí toda la noche.
– ¿Y qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?- Le preguntó el chico, Jonás, intentando ganar algo de tiempo para pensar una buena excusa.
– Tu me abriste en el portal, ¿recuerdas? os escuché antes de abrir la puerta y entré asegurándome de que no me veíais, pero tampoco tuve que hacer mucho esfuerzo.

La pareja se quedó sin nada que decir. Ella, avergonzada, se vistió como pudo y se encerró en el baño. Él quedó paralizado con las manos en la cabeza.

– Esto es algo que tenía que contarte. Lo iba a hacer, pero las cosas sucedieron así antes.
– Ya veo, si ya he visto esta noche las ganas que tenías de contármelo.
– Deja que te lo explique. Ella es una amiga de hace mucho tiempo, no sé cómo pasó lo de esta noche pero no es algo que haya planeado.

La chica salió del baño, ya vestida.

– Me voy… adiós. – Dijo desde la puerta de la habitación. – Es mejor que esto lo habléis a solas.

Y tímidamente se marchó dejando solos en el dormitorio a los dos chicos.

– ¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Y con ella?
– Ya te dije que no es algo que hubiese planeado. No tengo sentimientos de amor con ella,fue solo algo que surjió.- Dijo Jonás, saliendo de la cama, intentando encontrar algo de ropa para vestirse. – Tú tampoco lo has hecho muy bien espiándonos.- ¡Qué típico de tí, Jonás! Como siempre intentando dar la vuelta al problema para echar la culpa  a los demás. Eres un inmaduro.- Se acercó hasta la puerta de la habitación.- De todas formas ya no me preocupa, no nos volveremos a ver.

Y también, sin mirar atrás, abandonó el piso para siempre. Jonás se quedó solo. Llorando y maldiciendo su cabeza. Maldiciendo sus pensamientos y sus indecisiones. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas para llorar.

Ella estaba en la calle al lado del portal, esperando, cuando apareció el chico.

– ¿Qué haces aquí? Te dije que luego te llamaría.
– Esto ha estado muy mal, tío. No me ha gustado nada. El pobre Jonás ha caído en la trampa que le hemos puesto, no es justo.
– Deja ya de pensar en él. Ahora por fin podemos hacer lo que queramos sin miedo a que nos vea, ¿no? – La abrazó con un brazo por encima de los hombros mientras la invitaba a empezar a caminar.
– Espero que todo esto haya terminado. Ha sido una mentira demasiado larga.
– Ya ha terminado todo. Ahora estamos tu y yo juntos, por fin, en serio. Vamos, que va a empezar la película.

Y la nueva pareja desapareció al fondo de la calle caminando hacia un centro comercial.

 

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