La persecución

Caminó con los ojos abiertos, aunque daría igual que los tuviese cerrados ya que la oscuridad era absoluta. No era que sus ojos no se acostumbrasen a la falta de luz, es que la total ausencia de algo que pudiese emitir un solo reflejo hacía inútil la vista.
Dicen que la ausencia de un sentido potencia los demás. No dejaba de repetirse esa frase. Sin embargo era incapaz de escuchar un solo sonido más allá de el de sus propios pasos. Ya no sabía cuanto tiempo llevaba caminando. Siempre en línea recta (o eso pensaba) sin absolutamente ningún obstáculo.

– La vista tampoco me sería muy útil si no hay nada con lo que me pueda tropezar o algo que pudiese coger.- Dijo en alto, sin escuchar ningún tipo de eco.

Fue entonces cuando, más de media hora después de empezar a caminar, cuando se tropezó con algo en el suelo. No se hizo daño porque era blando, pero se detuvo con cautela. Alzó la palma de la mano al frente para notar una pared pero lo que sintió también era blando. Y además, cálido. Era otra mano. Primero se asustó. Sin hacer mucho ruido. Después volvió a poner la mano y volvió a sentir otra vez que la otra mano también se acercaba a ella hasta tocarse.

– ¿Hola? ¿Quién eres?

No obtuvo respuesta. Retrocedió unos pasos, puso su mano por delante del cuerpo y volvió a la posición del choque.. y volvió a chocar. Usó entonces su mano izquierda y la ubicó y un poco más abajo que la derecha. Se encontró con la mano izquierda de quienquiera que estuviera delante suya.

Eran unas manos frías, suaves.. pero blandas y sin pasión. Quiso agarrar con su mano derecha la mano izquierda de su acompañante pero no pudo. No se dejó.

Y sin esperarlo, un gran agujero se hizo en el suelo. Justo bajo donde ella estaba. Y desde la oscuridad cayó, a oscuras, a un lugar donde había una luz tan brillante que no le dejaba abrir los ojos para ver.

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