Libertad

Acostado con los ojos cerrados solo escuchaba el azul del mar. Inspiró aire para respirar ese olor a sal marina, ese olor a amor de verano, ese sabor a anocheceres en la playa.

Se puso de pie con cuidado para no caerse de la embarcación. Miró en todas direcciones y solo vio un oceano inmenso. Era feliz. Desnudo se lanzó al agua sumergiéndose hasta donde le daba la respiración. Ahora se encontraba lejos del pequeño barco. Aun más solo si podía ser.
Se acostó boca arriba en la frontera del agua y el aire y dejó sumergidos sus oídos. Podía escuchar a los animales marinos hablar entre ellos. Hablaban de viajes interminables. De lugares con el agua más caliente que nunca habían probado. De zonas donde los pescadores amenazaron sus vidas.

Volvió a abrir los ojos. El azul del día se había convertido en el negro de las estrellas. Las vió reflejadas en el agua y sentia que las estrellas lloraban temblorosas. ¿De qué tiene miedo una estrella?

Sintió frío y echó a volar. Era hora de volver a casa.


 

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