El peligro de quererla

Él corría peligro, porque estaba profundamente enamorado de ella. Y no hay nadie que te pueda hacer más daño que esa persona a la que amas. La deseaba por encima de todo, hasta el punto de que era lo único que amaba en el mundo. Estar con ella. Sentir su calor. Esconder su cabeza bajo su jersey. Sentir su susurro.
Un día cuando llegó a casa ella ya no estaba. Dejó pasar las horas y comprendió, varios días después, que ya no volvería. Ni ella. Ni su calor. Ni su jersey. Ni su susurro. Dio vueltas a su cabeza durante días intentando comprender qué había pasado pero no encontró su error.
Así que ya solo le quedaban sus recuerdos. Y no volvió a salir de casa nunca más, para no perderlos.
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Cuando esa historia se cerró

Y fue después de mucho buscarla cuando por fin la encontró. Aunque el tiempo se detuvo y le parecieron días, la verdad es que solo estuvieron hablando unos minutos. Suficientes para recordar que aquello sucedió de verdad y no había sido un sueño. Habló con ella, por fin, pero de lo que recordaba ya no quedaba nada. Se dio cuenta de que su cabeza estaba llena de nostalgía inexplicable y que aunque él no la olvidaba, ella ya no era la misma. 
Necesitaba hablarle para cerrar sus pensamientos, y lo hizo; pero no por lo que él le contó, si no por lo que ella no le dijo.
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De cuando era niño

De pequeño tenía miedo de sentirme solo. Recuerdo tardes en las que me tiraba en el sofá a ver alguna película o dibujos y mi padre venía a ponerme la manta por encima, bien apretada para que el frío no pudiera entrarme por ningún escondite. Me apretaba tanto la manta que incluso me hacía sentirme protegido. Menuda tontería puedo pensar ahora.

También aprovechaba cuando mis padres salían por la noche para dormirme en su cama. Solo para hacerme el dormido cuando llegasen y me tuvieran que llevar a cama. No sé porqué lo hacía y creo que todos lo hemos hecho alguna vez. Pero supongo que aun siendo niños, a veces nos gustan que nos traten como cuando éramos bebés.
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