El peor día de mi vida

Entre los edificios en obras de las afueras de la ciudad, la pareja descansaba dentro del coche. Era un día de verano y siempre elegían esta zona para tener un poco de intimidad, al pasar muy poca gente. Dentro del coche había silencio. La radio no sonaba y preferían no hablarse, porque sabían que lo que había que decir no era nada bueno.

Él ni siquiera reclinó el asiento como hacía siempre, porque quería hacerlo rápido. No quería prolongarlo más de lo necesario. Entonces decidió que ya estaba bien de esperar y empezó a hablar.


– No estoy seguro de querer hacer ese viaje contigo.

Ella se sorprendió. Hacía tiempo que contenía el llanto pero ahora era incapaz de retener las lágrimas.

– ¿Por qué no? Tenía la esperanza de que en ese viaje se arreglase todo.
– Es mejor dejarlo ya, no vamos a prolongarlo más. Yo no quiero seguir con esta historia. Lo siento, de verdad.

Ella se salió de su asiento para abrazarlo por el pecho. Lloraba y no quería ocultarlo. Seguía enamorada de él, de sus locuras, de su cabezonería. No quería imaginarse su vida sin él. Después de cuatro años… es bastante tiempo. Es volver a empezar la vida de cero y no quería hacerlo sin él.

Él la abrazó. Sintió pena por ella pero quería pensar que era lo mejor para los dos. Al fin y al cabo él no la valoraba como se merecía. No sería feliz a su lado. Las últimas semanas salieron conversaciones de boda y él no lo pudo soportar. Pensó que ya había pasado demasiado tiempo juntos y que ella hablase de boda era normal, pero se la veía tan ilusionada… Era demasiado cruel hacer que se olvidara de su sueño de casarse solo porque él no quería hacerlo. Era mejor dejarla, hacerle daño ahora para que pudiese encontrar a otro chico que compartiese con ella el sueño de un compromiso para toda la vida.

– Si un día… – Ella levantó la vista para mirarle a los ojos, mientras pasaba un dedo por el pecho de su chico-. Si un día quieres casarte, avísame, yo te estaré esperando.

Era una chica maravillosa. Él quería convencerse de que hacía lo correcto. Se quedaron un poco más sin decirse nada hasta que él arrancó el coche y la dejó en su casa, dándole el último beso. Nunca más se volvieron a ver. Cada noche él pensaba, acostado sobre su cama antes de dormir, sobre los cuatro años que estuvieron juntos. Cuantas cosas habían compartido en los mejores años de sus vidas. Como era posible que después de tantos años juntos no se volvieran a hablar nunca más. Como era posible que ya no se volviesen a ver. Tardó muchas noches en aprender que nunca podría olvidarla.

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Dolor interior

Aunque la frente de su cabeza hacía tiempo que ya estaba sangrando siguió dándose cabezazos contra la pared.

Su habitación estaba casi a oscuras. La única luz que entraba se colaba entre los agujeros de la persiana. Un tic-tac de un reloj marcaba el compás de Alberto, quien llevaba más de veinte minutos dándose cabezazos contra la pared. 

– Me come por dentro, ¡me come por dentro!

Dicen que si tenemos dolor en dos partes del cuerpo diferentes, solo sentimos el más fuerte. Quizás por eso a Alberto no le dolían los cabezazos. El dolor que sentía en su corazón era más fuerte que cualquier otro.

– ¿Por qué tiene que ser así conmigo? ¿Por qué me hace tanto daño?

Siguió dándose cabezazos. A cada segundo, uno más. Sentía dolor, pero era tanta la pena que tenía en su interior que los golpes le aliviaban.
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