El miedo al tiempo

Xoan se limpió la mano contra el pantalón con disimulo. No quería que ella se diese cuenta de que la tenía sudada. Se aseguró de que ya estaba lo suficientemente apartado de casa como para encontrarse con alguien conocido, así que decidió dar el primer paso y cogerla de la mano.


– Por favor, que no me suelte, que no me suelte. 


Se alivió cuando notó que ella le apretó la mano y no se la rechazó. Ahora se sentía más seguro, sentía que había dado un paso adelante. Se olvidó de la preocupación de que su mano le volviese a sudar.

– ¿Vamos al parque? Podemos dar un paseo por allí.
– Vale, por donde tu digas. A mí me da igual.

Xoan sabía que el parque era el escenario ideal para dar el siguiente paso. Su primer beso estaría rodeado de árboles y flores, sentados en un banco de piedra al lado de una fuente con luces y patos. Era perfecto. Allí nadie los molestaría y podía controlar bien el tiempo, sin prisas ni presiones. No quería darle el beso ni muy pronto, para no parecer desesperado, ni muy tarde, no fuera a ser que se aburriese.

Llegaron al parque cuando la gente ya se estaba marchando. El Sol, cómplice con el chico, se ponía por detrás de los árboles dejando una tenue luz naranja que solo mostraba cuando nacía una nueva pareja. En la fuente, una zona apartada del paseo, los patos jugaban contra la corriente de agua que caía por una pequeña cascada artificial. Los árboles cerraban el cielo con una cúpula de ramas y los bancos de piedra esperaban impacientes a la joven pareja que ya estaba bajando por el sendero de tierra.

– Mira, podemos sentarnos allí para descansar un poco. ¿Qué te parece?
– Genial, vale.

Xoan tenía todo el plan en su cabeza. Por fin estaba con la chica que le gustaba. Una de las más populares del colegio. Le parecía increíble estar en esa situación que tantas veces había soñado. Por el camino vinieron hablando y a él le pareció que ella se sentía muy cómoda a su lado. Hoy por fin, le pediría que fuera su novia.

– ¡Xoan! ¡Carolina!

Escucharon una voz a sus espaldas y automáticamente se soltaron la mano y se dieron la vuelta. Era Montes, un compañero de clase.

– Hola Montes. ¿Qué haces por aquí? -Xoan le puso mala cara, a ver si cogía la indirecta de que había interrumpido algo importante.
– Vine con mis padres a jugar al fútbol. ¿Y vosotros qué hacéis aquí solos? ¿Sois novios? Jajaja – Montes empezó a reirse y a señalarlos.
– ¡Noooo! ¡No somos novios! ¡Qué dices! – Carolina dio un salto para apartarse  de Xoán y dejarle claro a Montes que no eran novios.
– ¡No Montes, no somos novios! ¡Eso es de viejos! Nos hemos encontrado aquí y estamos dando una vuelta. – Xoan dijo eso en contra de su voluntad, solo para seguir la corriente a Carolina y que no se enfadara con él.
– Vale, vale… os dejo solos otra vez.

Montes se dio media vuelta y se fue por donde vino. Xoan y Carolina siguieron caminando hacia la fuente. No se volverían a dar la mano y Xoan ya no le pediría que fuera su novia. Un poco de su corazón había muerto aquella tarde.




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La chica que no sabía quién era

Se sentía una fracasada. Cuando llegaba la noche lloraba por no ser como su familia esperaba que fuera. Esa chica entretenida y charladora. Sin embargo simplemente era una chica a la que nadie hablaba porque todos sabían que no tenía nada que decir.


Un día se sentó en lo alto de la montaña desde donde se veía toda la ciudad. Allí, alejada de cualquier persona, es donde menos sola se sentía. Tenía la sensación de que formaba parte de la naturaleza. De que los árboles, las lechuzas, los conejos y los perros callejeros eran capaces de entenderla. Al menos no se sentía juzgada bajo su mirada.

Pensó si valía la pena vivir así. Sin personalidad y en una frecuencia diferente al resto de gente. Pensó si esa era la vida que quería vivir y tenía claro que no. Tenía claro que estaba harta de que la gente la mirase como alguien a quien tratar de forma especial.

Volvió la vista a la ciudad. Las luces naranjas invadían la oscuridad hasta desvanecerse poco a poco en el cielo. Buscó su edificio entre las calles hasta que le pareció encontrarla. Qué pequeña le parecía la ciudad desde allí arriba.

Un conejo salió de entre los matorrales y se acercó a ella. Se miraron con curiosidad hasta que el conejo movió una de sus orejas y le dijo:

– No pienses que la gente siempre espera algo de ti. Los que te conocen te quieren como eres.

No le dio tiempo ni a darle las gracias cuando el conejo empezó a dar saltos hasta desaparecer por el mismo matorral por el que había aparecido.

– Los que me conocen me quieren como soy. Eso es cierto. Pero tengo la sensación de que a los demás les gustaría que fuera de otra forma. Sobre todo a mis padres.

No le dio tiempo a pensar mucho más cuando levantó la vista y tenía sentado ante sí a un perro.

– Todos somos diferentes, pero iguales. Y todos somos especiales a los ojos de alguien.

Se levantó y siguió el mismo camino que el conejo. Ella se quedó pensativa, y decidió que ya había escuchado bastante. Se subió al coche y volvió a casa.

Es cierto que ella siempre sentiría que no es tan buena en la vida como sus padres o amigos esperaban de ella, pero tenía que dejar de tener esa sensación de que todo lo que hace no vale para nada. Gracias al conejo y al perro aprendió que no puede cambiar su forma de ser, pero podía aprender a vivir así.

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