El paseante

Salió de su casa y caminó por las calles de su ciudad. Era de noche, y en aquella zona, a esas horas, ya no había nadie. Pasó por calles más estrechas, y otras más anchas. La única luz que había era la que las farolas querían darle. Ni tan siquiera la luna se atrevía a iluminar sus pasos.
Sus piernas y su tronco se empezaron a separar, pero eso no le impidió seguir su propio camino. Siguió caminando y su tronco se iba separando cada vez más. Primero unos pocos centímetros, después ya algo más visible. Al llegar a un cruce, las piernas se fueron por un lado y el tronco, con los brazos y la cabeza, siguió de frente. Y siguieron su camino. Las piernas rodearon el edificio en el que habían girado la izquierda, luego derecha y otra vez a la derecha. Aceleraron su paso y al final volvieron a la misma calle en la que se habían separado. Se encontraron con el tronco, y se volvieron a unir para volver a ser una sola persona.

Algunos ancianos de la zona dicen que las noches en las que la luna no ilumina, y las farolas dudan de su luz, todavía se puede ver sus piernas separándose de su cuerpo, y luego volver a unirse.

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