Lucía

Lucía nunca hablaba. Hay personas que han nacido para ser grandes oradores y dar conferencias. La mayoría son capaces de mantener una conversación de más de cinco minutos, pero a ella le marcaba más el silencio. Ella pensaba que cuando estaba con otra persona y los dos estaban en silencio, mantenían una de las conversaciones más íntimas que pueden tener dos personas.  Porque hay gente que se sentaba con Lucía en silencio, y estaban molestos porque no sabían si Lucía estaba enfadada, de mal humor, o simplemente le parecía una persona aburrida. Pero para ella poder hacerlo significaba que esa persona podría comprenderla cuando realmente tuviese algo que decirle.

Tampoco es que estuviese todo el día sin decir ninguna palabra. Decía “buenos días” al entrar en el supermercado. “Adiós” al irse, “¿a qué piso va?” cuando estaba en el ascensor con algún vecino…

Y cuando llegaba la noche, cogía su diario y escribía. Todas las personas de su edad tienen un diario donde se desahogan, se cuentan sus secretos para pasado un tiempo volver a leerlo y ver cómo han cambiado las cosas. Pero su diario era diferente. Ella anotaba cada día las palabras que había pronunciado esa jornada.

3 de Marzo
Buenos días, en la panadería.
Doscientos gramos de queso, en el súper.
¿Si? No. Por teléfono.

A Lucía le gustaba ir a los museos, al teatro, a la ópera, a bibliotecas… Lugares donde pudiese disfrutar de la intimidad del silencio. Allí se la podía ver y conocía a gente que como ella, también disfrutaba de la ausencia de sonido. Pero sus citas con los chicos casi nunca terminaban bien. Ellos se quedaban sin paciencia al no recibir la sensibilidad y el cariño que esperaban en una relación. Así que se iban,curiosamente, en silencio.

Cuando Lucía llevaba casi dos años escribiendo en su diario, lo abrió desde el principio y lo empezó a leer. Leyó palabras de todos los tipos. Leyó verbos, adverbios, nombres… Muchos eran repetidos. Casi todos los días las mismas palabras. Pasó las páginas rápidamente, pasó páginas hacia delante y hacia atrás. Y se dio cuenta de que en ninguna estaba escrita las palabras “amor” o “te quiero”. Y aprendió que hay cosas que solo se pueden expresar con palabras.

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