Otra oportunidad

Todo me ocurrió en un autobús urbano. Era el que me llevaba de mi casa al colegio. Lo cogía siempre a la misma hora y dentro siempre estaban las mismas personas, esperándome.
También estaba ella. Sentada a la mitad del bus, con un asiento libre a su lado. Siempre se sentaba dejando un sitio libre.
Muchas veces pasé por delante de ella. Muchas veces nos miramos, nos cruzamos la vista. A veces creo que nos hicimos algún ademán para saludarnos, pero nunca nos dijimos nada.
Alguna vez casi me siento a su lado, pero en el último momento fui incapaz de determe y seguía caminando hasta el fondo del autobús.
Un día, un chico empezó a subirse al autobús en la siguiente parada a la mía. No sabía quien era, no le prestaba atención. Hasta que después de varias semanas, él se sentó al lado de ella.
– Hola.
– Hola.
Y sonrieron. Entonces me di cuenta de que eso era lo que siempre quise hacer, pero no lo supe hasta ahora.

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Cambia

¿Por qué haces eso?
¿Lo qué?
Lo que estás haciendo.
Es lo que siempre hago.
Deja de hacerlo. Aunque sea hoy, no lo hagas.
Si no lo hago, ¿qué hago en su lugar?
Haz otra cosa. Lo que quieras. Haz lo que hago yo. Pero no hagas eso.
Si hago lo que haces tu, yo seré tu en vez de yo.
¿Y no puedes dejar de hacer eso y seguir siendo tu?
No, eso no se puede hacer. Yo soy yo porque hago esto.

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Ella

– A veces creo que haces las cosas para sacarme de quicio. Para desesperarme y que te deje. – Ella llevaba mucho tiempo queriendo decir esas palabras, pero no se atrevía. Aquella noche, quizás por alguna maldita gota que colmó su vaso de la paciencia se lo dijo, aunque dudando bastante de si debía hacerlo.
Él giró su cabeza bruscamente para mirarla a los ojos. Asustado. Era la primera vez que veía la posibilidad de que fuera ella quien terminase con la relación.
– Eso no es verdad. – Excusó él -. Yo no quiero ser borde ni hacerte daño con lo que pueda decir o hacer.
Se acercó a ella y le dio un abrazo. Sintió su piel, la más suave que nunca haya podido tener entre sus dedos. Le volvió a mirar a los ojos y se sinceró con ella.
– A veces me da rabia que estés conmigo. Siento que tu me pides cosas que yo no te puedo dar. No quiero que me dejes, no quiero dejarte. Pero no puedo complacerte en tu vida. Tienes objetivos, metas por las que luchar y son muy diferentes a las mías. No quiero perderte, solo quiero que no pensemos en ello.

Ella se levantó y se fue a otra habitación. Nunca se reconocerá a sí misma que en aquel momento lloró todo lo que no había llorado nunca. Soltó toda su rabia contenida y cuando dejó de llorar, había dejado atrás también sus sueños: casarse, tener una familia… Lo dejó todo porque aunque no sabía porqué, aunque le hiciese más daño que alegría, estaba enamorada y no sería capaz de vivir sin él.

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El paseante

Salió de su casa y caminó por las calles de su ciudad. Era de noche, y en aquella zona, a esas horas, ya no había nadie. Pasó por calles más estrechas, y otras más anchas. La única luz que había era la que las farolas querían darle. Ni tan siquiera la luna se atrevía a iluminar sus pasos.
Sus piernas y su tronco se empezaron a separar, pero eso no le impidió seguir su propio camino. Siguió caminando y su tronco se iba separando cada vez más. Primero unos pocos centímetros, después ya algo más visible. Al llegar a un cruce, las piernas se fueron por un lado y el tronco, con los brazos y la cabeza, siguió de frente. Y siguieron su camino. Las piernas rodearon el edificio en el que habían girado la izquierda, luego derecha y otra vez a la derecha. Aceleraron su paso y al final volvieron a la misma calle en la que se habían separado. Se encontraron con el tronco, y se volvieron a unir para volver a ser una sola persona.

Algunos ancianos de la zona dicen que las noches en las que la luna no ilumina, y las farolas dudan de su luz, todavía se puede ver sus piernas separándose de su cuerpo, y luego volver a unirse.

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Ansiedad

– Tengo ansiedad, no sé qué me pasa.

Xoán lo pensó para él. O lo dijo en alto, no lo sabía muy bien. Hace tiempo que se dio cuenta de que al vivir en soledad dejas de apreciar cuándo estás hablando solo, o cuando lo estás pensando.
Abrió la ventana de su habitación y dejó pasar el aire. Un poco de fresco. Era ya de noche y él adoraba la oscuridad y la magia que tenía. Pero seguía con ansiedad y no sabía porqué era.

– Otra vez la maldita ansiedad.

Carmen se lo dijo a si misma en voz alta. Pero no tan alta como para que sus padres la escuchasen desde el salón. Ella estaba en su habitación, navegando entre sus libros viejos y las fotos de recuerdos. Y tenía ansiedad, y no se había dado cuenta desde cuando.
Encendió su ordenador y se conectó a internet. Allí logró contactar con un amigo que conocía desde hace algunos años. La verdad es que se conectó sólo para poder hablar con él. Entonces se lo dijo.
– No sé qué me pasa, tengo ansiedad. ¿Qué puedo tomarme? – Carmen se lo preguntó, porque sabía que él siempre tenía solución para esas cosas.
– ¿Tu también? Yo estoy igual, pensé que era el único. He puesto música a ver si me relajaba, pero no hay forma
– Pues si que estamos bien. Debe ser la noche.
– Será.
– Me iré a dormir, buenas noches Xoán.
– Buenas noches Carmen.

Despúes de hablar los dos se sintieron mejor, y se olvidaron de su ansiedad. Sabían porqué la tenían, pero no querían reconocer que mientras no estuvieran juntos otra vez, tendrían que convivir con ello.

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Lucía

Lucía nunca hablaba. Hay personas que han nacido para ser grandes oradores y dar conferencias. La mayoría son capaces de mantener una conversación de más de cinco minutos, pero a ella le marcaba más el silencio. Ella pensaba que cuando estaba con otra persona y los dos estaban en silencio, mantenían una de las conversaciones más íntimas que pueden tener dos personas.  Porque hay gente que se sentaba con Lucía en silencio, y estaban molestos porque no sabían si Lucía estaba enfadada, de mal humor, o simplemente le parecía una persona aburrida. Pero para ella poder hacerlo significaba que esa persona podría comprenderla cuando realmente tuviese algo que decirle.

Tampoco es que estuviese todo el día sin decir ninguna palabra. Decía “buenos días” al entrar en el supermercado. “Adiós” al irse, “¿a qué piso va?” cuando estaba en el ascensor con algún vecino…

Y cuando llegaba la noche, cogía su diario y escribía. Todas las personas de su edad tienen un diario donde se desahogan, se cuentan sus secretos para pasado un tiempo volver a leerlo y ver cómo han cambiado las cosas. Pero su diario era diferente. Ella anotaba cada día las palabras que había pronunciado esa jornada.

3 de Marzo
Buenos días, en la panadería.
Doscientos gramos de queso, en el súper.
¿Si? No. Por teléfono.

A Lucía le gustaba ir a los museos, al teatro, a la ópera, a bibliotecas… Lugares donde pudiese disfrutar de la intimidad del silencio. Allí se la podía ver y conocía a gente que como ella, también disfrutaba de la ausencia de sonido. Pero sus citas con los chicos casi nunca terminaban bien. Ellos se quedaban sin paciencia al no recibir la sensibilidad y el cariño que esperaban en una relación. Así que se iban,curiosamente, en silencio.

Cuando Lucía llevaba casi dos años escribiendo en su diario, lo abrió desde el principio y lo empezó a leer. Leyó palabras de todos los tipos. Leyó verbos, adverbios, nombres… Muchos eran repetidos. Casi todos los días las mismas palabras. Pasó las páginas rápidamente, pasó páginas hacia delante y hacia atrás. Y se dio cuenta de que en ninguna estaba escrita las palabras “amor” o “te quiero”. Y aprendió que hay cosas que solo se pueden expresar con palabras.

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