Una noche de verano

Durante horas permanecieron tumbados sobre la cama. Él, a veces, se levantaba y salía al balcón anexo a la habitación para buscar un poco de frío entre tanto calor. Lo hacía porque quería que al volver a la cama, ella le calentase con su cuerpo. Mirándola a través de la ventana que unía el balcón y la habitación, la veía abrazada a sí misma, sintiendo que le faltaba algo. Los dos dejaron que sus cuerpos se comunicaran en ese lenguaje natural que tienen las almas de las personas para interactuar entre ellas. Entonces él la escuchó, le llamaba, le faltaba en la cama, quería abrazarlo, quería sentirse abrazada.

El dormitorio aquella noche era de color naranja. Ese naranja que tienen las calles de la ciudad por las noches. Todo estaba en silencio excepto un hilo de música que salía desde la radio de la mesilla de noche. Los dos la escuchaban atentos, esperando que la siguiente canción fuera su canción. Y si no lo era, cada uno la hacía suya. Como si a través de las canciones se quisieran sincerar, pero ni siquiera se miraban a la cara.
Cuando la noción del tiempo ya se había perdido, ella decidió que esa noche ya había pasado bastante. Abrió la puerta y se fue, pero él no la vio marchar. Solo vio su sombra, su silueta de contorno naranja atravesar aquella puerta. Para él no se fue, seguía allí, a su lado. Por eso las canciones siguieron sonando toda la noche, porque quería seguir hablando con ella.

Compartir en las redes sociales