Sonrie

Dicen que no hay nadie imprescindible.
Recuerdo hace años, cuando era un niño, que jugaba al fútbol con mis amigos en un patio que había delante de mi casa. Lo recuerdo, pero la verdad es que prefiero olvidarlo. Yo no era un líder, si no más bien era uno más de la manada. Bueno, uno más no, era el que siempre se quedaba rezagado, el que dejaban de lado, la presa fácil. Nunca tuve un mejor amigo y por eso, poco a poco con el paso del tiempo, me fui curtiendo hasta hacerme mi mejor amigo.

Es verdad que siempre deseamos aquello que no poseemos. Y cuando lo hemos conseguido, no lo valoramos en su medida. No sabría decir con exactitud cuándo empezó mi evolución. Cerré los ojos estando en un patio, dándole patadas a un balón contra una pared. Cuando los volví a abrir, estaba sentado en la butaca de un cine, y tu estabas a mi lado. Ese parpadeo fue seguramente la transición hacia una nueva vida donde empecé a ser yo mismo. Siempre que me preguntan: ¿crees en la reencarnación? Respondo: sí, yo me reencarné en mí mismo. No sé qué pasó por el camino, pero tampoco quiero averiguarlo.

Entonces sentí que en la manada, ya no era el rezagado, si no que era uno más. Ni el líder, ni la presa fácil. Estaba al mismo nivel que los demás. ¿Qué quienes? Que tu. Los dos al mismo nivel, cogidos de la mano. Que ninguno se adelante, pero que ninguno quede atrás. Con el paso del tiempo dejé de hacer muchas cosas. Dejé de arroparme por la noche, porque me arropabas tu. Dejé de preocuparme por mis heridas, porque tu las curabas antes de que me las hiciera. Dejé de sentir miedo porque repartía mi miedo contigo. Y sobre todo, dejé de ser mi propio mejor amigo, porque ahora lo eres tu.

Por eso, cuando estoy en una conversación, no puedo esconder una sonrisa cuando escucho a alguien decir  que no hay nadie imprescindible.

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