Un pequeño Dios

Xoan estaba detenido en el borde de la acera, en posición de estar listo para cruzar en cualquier momento. Miraba fijamente al semáforo, desafiándole con la mirada.

– ¿No cruzas?
– ¿Por qué tengo que cruzar? -Respondió Xoan.
– Porque el semáforo está verde para peatones, y rojo para vehículos. Es ahora cuando tienes que cruzar.
– Pero yo no quiero cruzar ahora.
– Puedes quedarte ahí esperando a que se ponga en rojo, y luego otra vez en verde para que puedas cruzar.
– Pero yo no quiero cruzar cuando él me lo diga. Cruzaré cuando yo quiera.
– No puedes cruzar por aquí cuando quieras, puede ser peligroso. Tienes que hacerlo cuando el semáforo se ponga en verde para peatones.
– Entonces no cruzaré por aquí.

Xoan se dio media vuelta y siguió caminando por la acera hasta que encontró un paso de peatones sin semáforo, donde, en el momento que estimó oportuno, cruzó la calle obligando a detenerse a los vehículos. Realizó la misma operación en todos los cruces que se encontró hasta que veinte minutos después se encontró por fin al otro lado del semáforo inicial.

– Pensé que ya no volverías.
– Me ha llevado más tiempo, y estoy más cansado. Pero durante veinte minutos la ciudad ha jugado bajo mis normas.

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El cumpleaños

En la mesa, la cena ya había terminado. Botellas vacías, restos de tarta y migas de pan compartían escenario en una obra de teatro ya terminada. Las mujeres se habían levantado para ir a una habitación para hablar sobre ropa, vestidos, bodas… Ahora en la cocina ya solo quedaban ellos, los cinco chicos y el abuelo, el del cumpleaños.

Ahora se le veía feliz, todos veíamos en su rostro las innumerables arrugas de una vida de tanta alegría como trabajo. A él lo que más le gustaba era hablar y contar sus historias de joven, y hoy todos le escuchábamos con interés, aunque no entendiéramos lo que nos estaba contando.

Mientras el abuelo contaba sus historias, Xoan miraba como todos escuchaban con atención y sonreían cuando él también lo hacía. Al abuelo se le veía emocionado por tener una ocasión en la que poder hablar con la gente que quería.

Y es que a lo largo de un año hay muchas fechas señaladas, pero hay pocas tan emotivas como el cumpleaños de un abuelo.

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En la distancia

– Estoy mala, estoy enferma, y no estás aquí para curarme y darme mimos.
– Es que no sé lo que quieres. ¿Cómo pretendes que esté ahí? Sabes que me gustaría y lamento mucho no estar ahora a tu lado. Pero no puedo ir hasta ahí; aun saliendo ahora, para cuando llegue ya estarías sana otra vez.
– Ya lo sé… Pero yo te quiero aquí…
– ¿Por qué me maltratas así?

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El pasillo de la soledad

El pasillo era muy largo. Demasiado. El suelo era de color azul y las paredes blancas con algunas manchas amarillas. El techo no lo veía muy bien, pero parecía también blanco. Empezó a caminar más bien despacio, mientras se adentraba por el pasillo intentando buscar por las paredes alguna puerta por la que salir, o alguna ventana por la que mirar el exterior.

Pero no encontró nada, y tan sólo pudo seguir caminando por el pasillo, mirando a su alrededor. Empezó a saludar buscando una respuesta, pero sólo su propia voz tuvo el valor de responderle, aunque fuera en forma de eco. Gritó cada vez más, al mismo tiempo que aceleraba su paso, buscando la respuesta de una voz humana, o una salida de ese túnel agónico. Algunas de las de luces del techo parpadeaban para intentar confundirle aun más. Empezó a dudar si estaba avanzando o era el suelo que se movía bajo sus pies.

Una sombra le pareció ver en la distancia, y empezó a llamarla para que no se escapara. Corrió en su dirección (realmente sólo podía correr en esa dirección y en la contraria) y se fue acercando hasta que se dio cuenta de que la sombra cobraba la forma de una persona conocida. La llamó por su nombre sin dejar de correr, hasta que la alcanzó y se puso a su lado.

– ¿Qué haces aquí? ¿Dónde estamos? ¿Qué es todo esto? Eh… ¿Me oyes?

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