Había demasiado ruido en el bar y él no se sentía cómodo. En la mesa solo había cuatro personas. Ellos estaban enfrente y ella a su lado. Hablaban, pero ya no seguía la conversación. No le interesaba, sólo quería marcharse y esconderse debajo de las sábanas de su cama, donde no tenía que escuchar las opiniones de nadie y el tiempo podía detenerse, o retroceder hasta cuando era niño.

– ¿Estás bien? Tienes una carita…
– Sí, pero estoy cansado, tengo sueño.

Ella se interesó por él, se dio cuenta de que no estaba bien. Quizás no le hubiese hecho falta preguntarle. Pero él sabía ocultar muy bien sus lágrimas detrás de las gafas de sol.

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