La puerta de la entrada golpeaba la pared al cerrarse de tal manera que hacía retumbar todos los cristales de la pared. Y esta vez no fue distinto. A las personas del interior del bar ya no parecía importarles ni interesarles el pequeño terremoto vertical. Ella vio traicionada su discreción por la maldita puerta, y decidió esconderse entre el humo de tabaco.
En algún lugar de la barra lo encontró a él. No le sorprendió porque no fue ninguna casualidad, ya sabía que iba a estar ahí. Al igual que el hecho de que justo a su lado hubiese un asiento libre, que pasó a ocupar.

– Buenas noches caballero.

Él terminó su sorbo a la botella de cerveza mientras la observaba por el rabillo del ojo. Después, respondió:

– Hola.
– ¿Estás acompañado esta noche? – Ella observó su chaqueta de cuero marrón, para después clavarle la mirada en sus ojos.
– No, esta noche no.
– ¿Soltero?
– Viudo. – Él la miró por primera vez. Ella retrasó un poco su posición.
– ¿Tan joven y ya viudo?
– Mi alma se suicidó hace dos años.

Al fondo del bar un grupo de borrachos gritaba y se reía alrededor de una mesa llena de botellas. Algunos motoristas, gente anónima, jugadores de billar y fumadores se repartían el espacio restante. La música luchaba por dejarse escuchar entre los huecos de las palabras celebrando, absurdamente, que dos personas tenían algo de qué hablar.

Compartir en las redes sociales

El ascensor seguía subiendo mientras Xoan se miraba al espejo. Aunque hacía tiempo que ya no vivía en ese edificio, seguía visitando a sus padres casi todos los días, por lo que no tenía esa sensación de estar en un lugar desconocido.
Al llegar a su piso, se encontró con la puerta ya abierta, pues ya sabían de su llegada y le dejaron vía libre para que entrase.
Ahora parecía que el tiempo se había detenido en esa casa. Ya no había niños jugando y quizás el hogar ya no estaba tan vivo como hace unos años. Al fondo del pasillo, Xoan vio la luz de la habitación encendida, y se acercó despacio, intentando no hacer ruido.

– Hola.
– Hola. Aquí tienes la ropa, pruébatela a ver qué tal te queda.

Xoan recogió una chaqueta que estaba acostada encima de la cama. Se la probó, junto con alguna cosa más.

– Del jersey habrá que buscar una talla más grande. Pero esta me queda bien. Ya me la llevo. Gracias.

Se despidieron y Xoan saltó hasta la oscuridad del pasillo. Volvió a la entrada y allí se detuvo, para girarse y observar la luz que escapaba del pasillo. Siempre sentía en su interior esa sensación de querer volver a empezar de cero. Que la relación con su familia fuera diferente y menos distante, pero no sabía cómo hacerlo. Lamentó no ser más amigo de su hermana. Lamentó tener que repetirse “la próxima vez será distinto” cada vez que se despedían. Reconocía que la falta de relación era culpa suya.

Reanudó su marcha huyendo de sus arrepentimientos. Se prometió, como todas las veces, que la próxima vez no sería un desconocido.

Compartir en las redes sociales

Una mañana que no tienes que madrugar. Entrar en la cocina y ver tu desayuno hecho. Mirar por la ventana un día soleado. Una carta en el buzón de alguien que se acuerda de ti. Tu programa favorito en la televisión. Un capricho. Una canción que te hace recordar. Un olor que no conocías desde la infancia. Un servicio más en la mesa para la cena. Un viaje sin prisas. Estar rodeado de desconocidos y encontrarte con un amigo. Alguien hablando bien de ti a tus espaldas. Terminar de leer un libro. Gustarte ante el espejo. Tu diario de adolescente. Que la persona que te gusta te mire y te hable. Hacer felices a tus padres. Una toalla lavada con suavizante. Recordar un chiste viejo. Que te cojan de la mano. Cerrar los ojos. Completar un crucigrama. Responder bien a una pregunta. Hacer un postre. Encontrar a alguien con tus gustos. Una ducha. Una visita. Una fotografía en blanco y negro. Encontrar algo que perdiste hace tiempo. Hacer un regalo sin que sepan que es tuyo. Alguien en el interior de un autobús que te observa por la ventana, y te sonríe.

Compartir en las redes sociales