– No, tengo que irme ya, me están esperando abajo.
– ¡Ah! Te están esperando. Bueno, pensé que te quedarías a tomar algo.

Ella hizo como que no escuchó nada. Volvieron a la entrada y se despidieron en la puerta.

– Bueno, ya hablaremos. Te llamaré, bueno, hablamos, más adelante.
Ella se dio cuenta de que no sabía cómo terminar la frase. Él, la ayudó un poco.

– Sí, ya hablamos.

Ella se fue bajando las escaleras, de una forma tan segura de sí misma que a Él le hubiese dado miedo.
Se asomó a la ventana, pero fue incapaz de observar a nadie en la calle. Simplemente llegó a dudar de si aquello había sucedido realmente. Quizás, ella aun estuviera en el rellano de la escalera dudando si volver sobre sus pasos. O quizás, simplemente estuviera caminando pegada al edificio.

En la nevera le aguardaba otra cerveza. Se tomó una y volvió para cama, a inventarse su propia realidad.

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– No te lo vas a creer.
– ¿Qué pasó?
– Hemos matado a otro.
– ¡Estupendo! ¿Vosotros solos? ¿Cómo lo habéis hecho?
– Pues, fue increíble. Lo teníamos delante, vino hacia nosotros, y de repente, se desplomó él sólo. Allí ante nuestros pies.
– ¿Él sólo? ¿Así sin más?
– Sin más.
– Vaya… sí que es raro… ¿Cuántos crees que nos quedan?
– Pocos, muy pocos ya.

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– Bueno, voy a colgar, que voy a entrar ya. Me está mirando con cara de a ver qué hago aquí fuera que no entro.
– Vale…
– Bueno, hablamos.
– Sí… hablamos.
– Chao.
– Chao.

Xoán miró la pantalla de su teléfono. 16 minutos de conversación. 16 minutos de recuerdos.

– Es lo que más me gustaba de ella.
– ¿El qué?
– Que se acordaba de mí cuando nadie lo hacía.
– Solo eran llamadas de teléfono. Hay detalles mejores que ese.

– Sí, pero este era todos los días.

Al terminar su trabajo. Salió a la calle para ir a su oficina a dejar las herramientas. Se había puesto a llover y él ya llevaba su capucha puesta por resignación. Empezó a caminar sin poder quitarse la llamada de la cabeza.

– Hoy será una de esas noches… – Pensó mientras pisaba un charco.

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