Miró el cuentakilómetros otra vez. Superando cualquier límite de velocidad permitido, aceleró todo lo que pudo adelantando todos los obstáculos que se le ponían por delante. Escapó de la ciudad en una carrera contra un enemigo sin sombra.
Miró al horizonte. Aun se distinguían algunos rayos del Sol que se intentaba ocultar bajo el mar para no ser testigo del crucial desenlace. Ya quedaban pocos kilómetros para la meta. Volvió a mirar el cuentakilómetros y aceleró otra vez para intentar alcanzarle, casi lo tenía. Esta vez, sí.
Llegó al desvío hacia su casa, ya la veía al fondo. Miró al cielo y el azul se tornaba oscuro. Unos últimos metros… faltaba poco.
Aparcó su bólido delante del porche y bajó apresurado, pero antes de meter la llave en la cerradura de la puerta, miró una última vez al horizonte. El Sol ya se había escondido. En el cielo, las estrellas más madrugadoras empezaban a coger las mejores posiciones.

– La noche me ha vuelto a ganar.

Triste y cabizbajo, entró en su casa.

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