El Sol torraba desde lo más alto del despejado cielo. Una carretera cruzaba el desierto de Oeste a Este. Y en medio de la carretera, una casa de tres pisos se alzaba elegante, de forma inesperada, rodeada de arena, tierra, y más arena. Y delante de la casa, un cadillac negro poco disimulado miraba directamente a la entrada. Y dentro del cadillac, dos hombres con gafas de sol esperaban cualquier novedad.

– ¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí esperando?
– Hasta que les veamos salir.
– Pero, mira a tu alrededor. No hay nada en 30 millas a la redonda. Ahí dentro tendrán un almacén entero lleno de alimentos. Podrían tardar meses en salir.
– Esperaremos.
– ¿Y de qué nos alimentaros? Yo estoy empezando a tener hambre.

Los dos se miraron. El hombre sentado en la posición del piloto era el más alto de los dos. Nunca sonreía. El otro, sin embargo, no dejaba de hablar.

– Pediremos una pizza.
– ¡Oh! Claro, estupendo. Le diremos que nos la traigan a la calle En medio del desierto, sin número. ¡No tiene pérdida!

El alto se movió en un rápido gesto y cogió a su compañero por el cuello del traje, acercando sus caras a apenas unos centímetros.

– Cállate, o el hambre no será tu mayor problema. Tenemos que vigilar esa casa.
– Vale, vale, no hay problema, ya tendrás hambre tu también. Vigilaremos la…. Vaya… será mejor que mires esto…

Los dos hombres volvieron a mirar al frente, y donde hace unos minutos estaba la casa de tres plantas, el desierto había reclamado su territorio. El hombre alto soltó el cuello de su compañero y se bajó del coche. Corriendo hasta el espacio abierto del desierto, comprobó que, sin más, la casa había desaparecido, volatilizado. Se frotó los ojos bajo sus gafas de sol.

– Esto no puede estar pasando.

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– ¿No crees que deberíamos actuar ya?
– Aun es pronto. Los últimos estudios revelan que hay un ochenta por ciento de posibilidades de que no haya un número de bajas humanas significativas en los próximos cien años.
– ¿Y qué pasará después de esos cien años?
– Aun no tenemos datos suficientes para saberlo.
– Esos estudios pueden estar equivocados, no es un sistema perfecto. Se equivocaron con el alcance y las repercusiones que tendrían las bombas que les dejamos usar en 1945 y podrían volver a hacerlo con cualquier otra cosa que les lleve a su autodestrucción. Tendríamos que actuar de una vez antes de que sea demasiado tarde.
– Esas bombas… ¿cómo las llamaban ellos? ¡Ah, si! Nucleares… Era totalmente impredecible que tuvieran esa repercusión… Era un sistema tan… tan… rústico comparado la tecnología que deberían de tener desarrollada en esa época… Pero no nos volverán a coger desprevenidos, no te preocupes.
– Sabes que la Tierra no puede permitirse un reseteo total como el que hicimos con la otra especie de experimentación, aquellos dinosaurios. No podemos dejar que la Tierra llegue a ese extremo… otra vez…
– No, desde luego que no. En aquella ocasión… ¡Se nos fue de las manos de verdad! ¡Aquellos animales iban a terminar con todo! Tuvimos que matarlos a todos con aquel meteorito ¿te acuerdas? Pensé que iba a fallar el tiro, de verdad. Faltó poco.
– No podemos permitirlo… tenemos que actuar…

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Miró el cuentakilómetros otra vez. Superando cualquier límite de velocidad permitido, aceleró todo lo que pudo adelantando todos los obstáculos que se le ponían por delante. Escapó de la ciudad en una carrera contra un enemigo sin sombra.
Miró al horizonte. Aun se distinguían algunos rayos del Sol que se intentaba ocultar bajo el mar para no ser testigo del crucial desenlace. Ya quedaban pocos kilómetros para la meta. Volvió a mirar el cuentakilómetros y aceleró otra vez para intentar alcanzarle, casi lo tenía. Esta vez, sí.
Llegó al desvío hacia su casa, ya la veía al fondo. Miró al cielo y el azul se tornaba oscuro. Unos últimos metros… faltaba poco.
Aparcó su bólido delante del porche y bajó apresurado, pero antes de meter la llave en la cerradura de la puerta, miró una última vez al horizonte. El Sol ya se había escondido. En el cielo, las estrellas más madrugadoras empezaban a coger las mejores posiciones.

– La noche me ha vuelto a ganar.

Triste y cabizbajo, entró en su casa.

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