– ¿Qué hora es?
– Las dos.

Se volvieron a recostar, aun les quedaba un poco más. A él siempre le costaba retomar el sueño después de despertarse. La habitación estaba casi totalmente a oscuras. La luz del despertador de la mesilla iluminaba lo suficiente como para dejar los detalles a la imaginación. En el techo, unos puntos de luz amarillos brillaban victoriosos tras atravesar los agujeros de la persiana mal cerrada. De fondo se escuchaba el televisor del salón, que había quedado encendido debido a una rápida escapada mal planeada.
Se acercó más a ella y le cogió el brazo para pasárselo por encima y abrazarse, lo suficientemente cerca como para sentir su respiración.

– ¿Qué hora es?
– Las cuatro. Tenemos que irnos.
– Sí, vamos.

Tenían una extraña habilidad para despertarse a la hora precisa. Afuera la madrugada aun estaba empezando, pero para ellos la noche terminó en ese instante en que abandonaron el dormitorio.

– No tienes porqué venir si no quieres.
– Ya lo sé.

Abrieron la puerta y salieron a la calle.

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