Cierro los ojos.
Hay una ventana. A través de ella, se ve una calle estrecha. En ella hay una pastelería regentada por una chica latina. Al fondo, un colegio donde los niños reciben clase. El cielo está nublado y tarde o temprano se pondrá a llover. Un olor a nuevo inunda la habitación. Observo todo lo que hay a mi alrededor: una cama, un televisor, un teléfono, una sola maleta… desde luego es un hotel. En la pared contraria se abre una puerta y sales tú.
– ¿Estás listo? Vámonos.
– ¿Irnos?
– ¡Claro! Hay que ir a ver la Torre Eiffel antes de que se ponga a llover. Venga, coge el mapa.

Abro los ojos.
Ya no estoy en un hotel. Estoy en la calle, caminando. Mi móvil empieza a sonar por un mensaje de mi compañía telefónica. Me avisa de que has dado otro paso para olvidarme. ¿Por qué en este preciso instante? Reanudo mi marcha lentamente mientras intento no pensar en porqué me esquivas. No sé muy bien hacia donde estoy caminando, pero sigo el camino hasta que lo recuerde.

Cierro los ojos.
– ¿Podemos repetir la de Peter Pan?
– ¿Cómo?
– ¡Qué si podemos repetir la de Peter Pan!
– ¡Ah! Er.. sí, sí… claro…
Hay mucha gente, intento mirar a mi alrededor totalmente desorientado y me doy cuenta de que estoy en un parque. Padres que persiguen a sus hijos con globos de Mickey Mouse y un puesto de cookies que llama mi atención. Me coges de la mano y me llevas corriendo hasta una atracción llamada Peter Pan en la cual nos metemos por una especie de cola rápida mostrando unos tikets a un señor en la entrada. Una vez dentro, el tren nos lleva por un túnel que nos muestra el País de Nunca Jamás y a Peter Pan y sus amigos.
– Es precioso, ¿verdad? – Dices cogiéndome la mano. Miro hacia el techo y unas pequeñas luces simulan las estrellas del cielo. Al mirarte a ti, veo las estrellas reflejadas en tus ojos.
– Sí, lo es.

Abro los ojos.
Estoy sentado delante de un escritorio, en mi casa. Delante de mí hay una pantalla y un texto escrito por mí, en una ventana de conversación:
– ¿Te apetece hablar o prefieres que no?
El mensaje no tiene respuesta de tu parte. Me doy cuenta de que eso en sí, ya es una respuesta. Me desespero y empiezo a caminar por el pasillo sin saber qué pensar. Necesito que me lo expliques. Te estás equivocando, estoy seguro. No hagas caso de lo que te digan. Me desnudo en la ducha y abro el grifo.

Cierro los ojos.
Hay oscuridad. Estoy dentro de una cama, no sé en donde. Ni si quiera es una cama, es un colchón con unas mantas por encima. Hace bastante frío. No estoy sólo, estás conmigo. Me estás susurrando algo. Afino un poco más e intento escuchar lo que me dices. Tu colegio, tus amigas, tus miedos, tus planes… Me hablas de tu aldea, que descubro que es el lugar donde estamos. Ahora que ya estoy un poco más relajado, me acerco más a ti para protegerme del frío. Pasamos las sábanas por encima de nuestras cabezas, y nos seguimos conociendo hasta la madrugada…

Abro los ojos.
Es de noche. Pero ya no estoy acostado, si no de pie. Tengo un vaso en la mano y veo a algunos de mis amigos a mi derecha. Justo a mi lado estás tu. Les escucho hablar pero soy incapaz de meterme en la conversación. Evitas mirarme. Sabes que estoy detrás de ti. Si has decidido no hablarme, voy a respetar tu decisión.
– Adiós… Me has hablado un poco, es genial. Supongo que yo soy el malo de la película. No sé porqué. Nunca te he engañado. Nunca te he mentido. Nunca he estado con otra. Y ahora que no estamos juntos, decides enfadarte conmigo. No lo entiendo. Y sin embargo les ríes las gracias y los chistes a personas que han engañado a sus parejas… Te han comido la cabeza unas personas que no nos conocen. Como hemos cambiado.

Ya sé que no te lo dije. Ahora qué más da. Sé que lo peor que se puede hacer en estos momentos es caer en los recuerdos y en la melancolía. Sé que hay que mirar al futuro y no anclarse en el pasado, si no aprender de él. Pero no soy tan fuerte.

Al menos hoy, quiero tener los ojos cerrados.

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Él siempre había confiado mucho en sí mismo. Cuidaba mucho su físico y presumía de ser un ligón. Eso le bastaba para conseguir a las chicas que quería y sabía que sus músculos, combinados con su dinero, eran imanes suficientes para enamorar a cualquier rubia de discoteca.

Sabía que siempre tendría a su chica esperándole y que le quería (o a su cartera) lo suficiente como para no abandonarle por otro. Así que disfrutaba de la vida, y no dudaba si tenía que engañarla con otra mujer nocturna que completase sus deseos sexuales.

Ella, pasaba las noches triste. Viviendo en el mundo de la ignorancia de quien no puede ver lo que hace la persona que ama. De quien no se quiere creer lo que es más que evidente. Una y otra vez se repetía que no pasaba nada… que él sólo trabajaba en sus negocios de locales nocturnos… Y era incapaz de dormirse hasta que llegaba a casa ya con la salida del Sol, oliendo a tabaco y sudor.

Una noche, ella le esperó fuera, detrás del ascensor del edificio. Le escuchó llegar y entrar en la casa, y le dio tiempo para que llegase a la habitación y se encontrase la cama vacía y sin deshacer. Decidió esperar unos minutos más.
Cuando ya había pasado el tiempo suficiente, entró en la casa, vestida con su traje de noche previamente manchado. Llegó a la habitación y lo encontró dentro de cama, aun con las luces encendidas.

– ¿Dónde estabas?
– Había salído a dar una vuelta… – A ella nunca le fue fácil mentir. – A partir de ahora creo que saldré más todas las noches…
– ¿Pero qué dices? ¿Con quién estás saliendo?

Ella logró desnudarse y meterse dentro de cama, le abrazó por la espalda y le susurró al oído:

– Ahora eres tú el que tiene miedo.

Se giró para recostarse y, muy lentamente para que él no se diera cuenta, lloró.

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Se despertó envuelto en sábanas blancas. Se levantó asustado porque no reconocía la habitación donde estaba. La cama era más pequeña de lo habitual. “¿Dónde está mi cama grande?” pensó. Se levantó con miedo, pero pronto reconoció su casa. No era la misma, había cambiado, pero era su casa. Los colores de las paredes ya no eran los mismos. Su armario ya no estaba en el mismo sitio y el espejo ya no mostraba su reflejo.

Salió al pasillo, y se encontró más de lo mismo. En el suelo, una alfombra de múltiples colores le dio la bienvenida. Las lámparas del techo bailaban en un juego de música silenciosa y los cuadros habían cambiado su posición.

Entonces comprendió que ahora todo había cambiado. Ya nada era como antes. Pero ¿cuál era la realidad? ¿Lo que hasta anoche le habían mostrado sus ojos, o lo que tenía ahora bajo sus pies?

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