En la oscuridad de la sala, ya sólo quedaban un par de parejas que querían descubrir el lado romántico de salir los últimos de una sala de cine. Xoan y Berta no esperaron más y se fueron. Él, un poco distante. Ella, sin saber qué sentir.
– ¿Qué tal la película? – Preguntó Berta buscando una convesación para saber, por el tono de la respuesta, si tenía motivos para estar preocupada o no.
– Bueno, bah… ¿Y la tuya?

Ella rió, despreocupada por un chiste absurdo. Él se mantuvo serio; no hablaban de lo mismo.

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Tanto tiempo encerrado en aquella isla, sin poder salir, rodeado de agua hasta donde alcanza la vista… No era consciente de las experiencias que ocurrían fuera de aquel montón de tierra en medio del oceano.
Su único acompañante era el delirio. Aquellos días que pasaba totalmente en blanco, acostado en la arena de la playa, eran la invitación ideal para que el delirio y sus imaginaciones le llevasen a confundir la realidad con la ficción. Ya no era capaz de diferenciarlas.

Se consideraba a sí mismo un loco incapaz de saber qué es una locura y qué no lo es. Se le ocurrían muchísimas cosas en su cabeza para hacer con tanto tiempo libre, pero tenía un miedo atroz a las posibles secuelas que le fueran a dejar.

Seguro que si tuviese a alguien con él, le diría que lo intentase, que probase, que no tiene nada que perder… Pero ya está harto de esos consejos.

En su isla, estaba sólo.

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