Él era el último. Ya no había más.
Los últimos siglos de guerra continua entre los humanos, por el poder y el dinero, desencadenaron una sucesión de batallas crueles. Las bombas tecnológicas y bioquímicas han ido acabando con todo ser viviente en la Tierra.
Y ya no quedaba nada más. Su último enemigo acababa de morir. Ya no habría más persecuciones entre los dos a través de lo que otrora fue una gran ciudad. Ya era el único ser viviente sobre la Tierra.
– ¿Y ahora?- Se preguntó mirando al horizonte. Sólo podía ver como la ceguera humana había provocado su propia destrucción. La vuelta a la Edad de Piedra: sin ciudades, sin vehículos, sin alimentos, sin agua sin contaminar… sólo una pequeña reserva que guardaba bajo tierra. Estaba sólo. Todos habían muerto.

Pero sin posibilidad de reproducción, sin alimentos y sin recursos, se vio ausente de esperanzas, y lo comprendió.
Divisó la montaña más alta que aun quedaba en pie, y llegó hasta la cima. No eran más que un montón de piedras a unos 100 metros del suelo, donde descansaban inertes decenas de cadáveres humanos.

Sacó su bayoneta y firmó en el suelo: “Gané”. Después, saltó.

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– ¿Es cierto eso que dicen?
– ¿A qué te refieres?
– La gente dice que te vas a marchar.
– Qué sabrán ellos.
– ¿Pero es verdad?
– ¿Por qué te interesa tanto si me voy o me quedo?
– Sólo es curiosidad. No tengo ningún interés.
– Pues sí, me voy. Mañana por la mañana sale mi tren.
– Entonces… ¿esta es tu última noche aquí?

Ya no escuchó la respuesta. Era obvia. Por su mente sólo pasaban los recuerdos de todas aquellas veces que quiso confesarle sus sentimientos y no lo hizo, porque siempre habría “otra oportunidad” para hacerlo. Ya no habría más. Se preguntaba si no haberle dicho lo que sentía era uno de los motivos por los que se marchaba.

Pasó el resto de su vida arrepintiéndose de haber dejado pasar aquella oportunidad. Nunca más se volvieron a ver, pero cada vez que caía la noche recordaba lo que había dejado de vivir, y lloraba.

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