Un perro en la carretera. Una flor sin nadie que la riegue. Un gato sin que nadie le dé cariño. Una lluvia sin arco iris. Un teléfono que nadie descuelga. Un cuadro que nadie mira. Las piezas de un puzzle que nadie quiere unir. Un instrumento que nadie toca. Una luz que nadie enciende. Una mochila sin vagabundo. Una ventana por la que no pasa la luz. Una playa sin arena. Una montaña sin un río. Una madre sin hijos. Unos cordones sin zapatos. Una ciudad sin ciudadanos. Un árbol que no da sombra. Un cajón que no se abre. Un televisor que no sintoniza. Un marco sin foto. Una tienda que siempre está cerrada. Un cumpleaños sin regalo. Un concierto sin público. Un coche sin carretera. Una borrachera sin resaca. Una cerveza sin un motivo. Una película sin actores. Una farola apagada. Una caja de cartón sin un sinhogar. Unas navidades sin familia. Un tenedor sin cuchillo. Un mando sin pilas. Una alfombra sin suelo donde caerse. Una portería sin redes. Una vela sin fuego. Una Harley sin una historia. Una brocha sin pintura. Una carrera sin meta. Una carta sin buzón. Una cita sin una canción. Un despertador sin una habitación. Un ruido que nadie escucha. Una oscuridad que nadie ve. 

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– Tenemos que matarlo.
– ¿Por qué?
– Porque es nuestra competencia. Si sigue así nos quitará el puesto. Tenemos que matarlo.
– Tenemos que esperar hasta el año que viene. Este ya hemos cubierto nuestro cupo de asesinatos.
– No, le pediremos a alguien que lo haga.
– ¿Y quién va a desperdiciar un asesinato de su cupo por nosotros?
– Habrá que buscar a alguien.

Salieron del bar, abrigados por sus gabardinas recién estrenadas. En la ciudad (el único núcleo de población que quedaba en todo el continente) hacía tiempo que las personas vivían bajo las leyes de la normalidad. Hace mucho tiempo atrás, debido al crecimiento imparable de los asesinatos y para evitar la superpoblación de las cárceles, se había permitido a las personas cometer un máximo de 3 asesinatos anuales. La sociedad lo aceptó, porque para muchos no suponía más que la legalización de lo que ya hacían. Los crímenes seguían aumentando, pero los gastos carcelarios eran mucho más inferiores para el Gobierno.
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Lo último que recuerdo era uno de esos programas nocturnos de la televisión, en donde los tertulianos luchan por ver quién grita más alto. Fue entonces cuando el sueño me secuestró.

Había intentado quedarme hasta tarde despierto esperando a mi mujer, que tuvo cena con sus amigas, y quería verla entrar en la habitación. Me gusta cuando va maquillada, vestida de noche… y abrazarme a ella para oler la mezcla de su perfume con el tabaco.

Me despertó la puerta de la entrada abriéndose. Por fín, había llegado. El temor de que le pasara algo por la noche ya había pasado. Menuda tontería, sabía cuidarse. Escuché cómo dejaba las llaves en la mesa de la entrada, como hacía siempre. Seguí su recorrido escuchando sus ruidos. Abrió la nevera y cogió algo.. no acerté a adivinar qué era. Después se fue al servicio.
– Buenas noches, cariño. ¿Lo has pasado bien? Yo aun estoy despierto….- Le grité desde cama, intentando no poner voz de dormido.

Su única respuesta fue la cisterna del WC. Le escuché salir del baño, y encender la luz de la entrada, donde se paró. Se estará mirando al espejo pensé. Después cogió sus llaves, abrió la puerta y se fue dando un portazo.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué se ha ido? ¿Por qué no me respondió? ¿Está enfadada conmigo? Me levanté asustado de cama y salí al pasillo, desde donde pude ver que la luz de la entrada seguía encendida.
Allí, en el recibidor, había pegada en el espejo una nota que decía:

“Tu mujer es encantadora, nos quedaremos con ella una temporada. Te he cogido una cerveza de la nevera, te la debo. Si hablas con alguien de esto, la matamos.”

Y al lado, nuestra foto. La que ella siempre guardaba en su cartera.

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