La habitación era completamente blanca. Las paredes, desnudas, emitían su propia luz que evitaba la presencia de cualquier lámpara. No había tampoco ninguna ventana. Sólo dos puertas. Por la que había entrado, y por la que tendría que salir.

Una de ellas se abrió, y apareció una señora mayor, de baja estatura. Llevaba una falda y una chaqueta y tenía los ojos cubiertos por unas gafas.

– Ya puede usted pasar.

Xoan se levantó y s¡guió a la señora hasta una nueva sala. Era mucho más grande que la anterior y al fondo había una mesa delante de cinco personas sentadas en sillas que no se llegaban a ver.

– Por favor, siéntese.- Le dijo la mujer mayor.

Xoan divisó una pequeña silla a unos diez metros delante de la mesa. Se acercó lentamente y se sentó en ella.

– Así que es usted el representante del Pueblo Loure.- Le preguntó el sentado en el extremo izquierdo de la mesa, con una voz ronca y profunda.
– Sí, señor.
– Dígame, ¿por qué deberíamos votarles como ciudadanos para los próximos cuatro años?- Ni tan siquiera levantó la mirada de su libreta.
– Nuestro Pueblo está capacitado para sacar el máximo rendimiento de esta ciudad. Todos nuestros ciudadanos están entrenados y capacitados para mejorar la economía. Además, nuestra media de edad es inferior a la media de los demás pueblos. Podemos prometer que…

La entrevista se prolongó durante dos horas más. Durante el viaje de vuelta a su Pueblo Loure, se sintió satisfecho. Cuando llegase, se encontraría con una gran fiesta de bienvenida y tendría que dar un discurso de esperanza a la población.

Dentro de un mes serían las elecciones donde los políticos elegirían a sus ciudadanos de los próximos cuatro años. Esta vez, la Ciudad había conseguido muy buenos resultados con su población actual, pero Xoan sabía que podía convencer a los políticos para que votasen al Pueblo Loure como próximos ciudadanos. Era hora del cambio, era su momento.

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En la casa todo el mundo estaba preocupado. Su comportamiento no era el habitual en él, y fue algo drástico. Hace unas semanas era charlador, entretenido, siempre sonriendo. Poco a poco su estado de ánimo se fue decayendo y desde el sábado pasado no había salido de su habitación.

Cuando llegó el Doctor, toda la familia le recibió poniendo en él todas sus esperanzas para encontrar la solución al pobre chico. Al entrar en la habitación, el titulado se encontró al joven vestido encima de la cama, arrugado y girado hacia la pared. Parecía que ni se había percatado de que el médico acababa de entrar.

– Chico, mírame.- Le dijo el Doctor.
– No… no puedo… No puedo girarme…- La voz del chico sonaba entrecortada, dubitativa.
– Tienes que hablar conmigo. Tu familia está muy preocupada. Cuéntame qué te pasa.
– No sé qué me pasa… Tengo el estómago completamente revuelto, me duele el pecho y tengo un pinchazo en la garganta…
– ¿Desde cuándo estás así?- Indagó el médico.
– Desde el sábado pasado… estaba con una amiga y discutimos… me hizo prometerle que nunca nos volveríamos a ver… después me encontraba bien, pero aquella noche al meterme en cama… no he dejado de tener nauseas desde entonces…. – Cerró los ojos y aparentó quedarse dormido, para que lo dejaran sólo otra vez.

El médico le miró a la cara y comprobó su temperatura corporal. Recogió sus bártulos y se levantó.
– Doctor, ¿ya sabe qué le ocurre?- Le preguntó su madre preocupada.
– Señora, a su hijo lo que le duele es el corazón. Acaba de descubrir que está enamorado. Vaya a buscar a esa amiga y traigala aquí, verá como al verla se recupera enseguida.

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Hacía frío. El invierno estaba llegando y las temperaturas bajaban cada día. Xoan posaba sus codos sobre la barandilla del puente, viendo las estrellas reflejadas sobre el agua dulce.

– Ojalá no hubiese dicho nada. Ojalá esta última semana se borrase de nuestra mente. No era verdad… no te lo crees. No era verdad.

Escondió la cabeza entre sus brazos y dejó pasar el tiempo.

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