De noche, ya entrada la madrugada, el portal se convirtió en un espacio de luces naranjas y azules, provenientes de la calle. Hablamos para calentar la despedida, intentando cubrir con palabras el hielo que cohibía nuestros movimientos.

Cuando me dijiste adios comprendí que sería la última vez que nos veríamos. Te marchaste sin mirar atrás, hacia donde yo me quedé clavado, aprovechando los últimos instantes en que te podía ver para no olvidarme nunca de tí.

Nunca más volví a tener noticias tuyas. Desapareciste como un sueño al despertar. Y ahora dudo si todo fue verdad.

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Al final… llegará el día en que dentro de tí resurjan las cenizas de tu corazón destrozado por la mano de quien deseas y no alcanzas. No hace falta moverse de tu silla para estrellarte contra un muro que sólo destroza tu interior. La pérdida del sentimiento de sentirse especial. Habrás perdido el corazón y llorarás, culpable de los juegos y la avaricia.

Pasarás el resto de tu vida en el fondo del calabozo más oscuro que puede existir para alguien como tu: la indiferencia de los demás.

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La música está demasiado alta en este bar de las afueras de la ciudad. Las luces de un anuncio de neón de una cerveza son la única iluminación que llega hasta la barra. En ella, una joven desperdicia su futuro sirviendo whiskys a otros borrachos con la vida perdida como la mía.

En el fondo del chupito veo como se ahogan mis recuerdos… cuando la idea de envejecer y morir desaparecía en la lejanía. Pensé que nunca llegaría, y aquí está. Yo no cogí mi último tren. Cogí el siguiente. El Tren de los inmortales. El que te deja en la estación donde siempre es de noche y las máquinas de billetes sólo dan alcohol. Y aquí estoy rodeado de otros inmortales que se han quedado atrapados en sueños incumplidos, esperanzas, y una vida perdida.

Miro a mi derecha. Al fondo, en una de las mesas, dos ancianos se escupen mientras hablan (ya no son capaces de gritar) sobre porqué las mujeres son las culpables de su situación.

Cuando vuelvo la mirada al frente, la joven ya me ha servido otro chupito. La persigo con la mirada mientras intento sonreir de medio lado. Se gira buscando mi reacción y nuestras miradas se cruzan. Ella, tímida, sonrie y baja la vista. Yo también lo hago.

El chupito, que apenas me ha durado un trago, tenía bajo él una servilleta con un número de teléfono y una hora. Me guardé el secreto en el bolsillo de la chaqueta y aproveché el viaje para sacar un cigarro.

– Chica, deberías dejar de fumar.- Pensé para mí misma.

Cuando lo encendí, empezó a sonar mi canción.

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