– Cuéntame qué has hecho hoy.
– Hoy empecé a vivir. Abrí los ojos y todo alrededor había cambiado. No estaba en mi habitación, ni en mi cama, ni en mi ciudad. Estaba de pie en un desierto. No había nada cerca, sólo tierra, arena y el Sol que me abofeteaba con superioridad.
Me giré y ante mí surgió de la nada un hombre. Era alto, trajeado, ocultaba sus ojos bajo unas grandes gafas de sol, un cómico bigote sobre una gran boca y una carpeta bajo uno de sus brazos.
– ¡Hola!- me dijo el hombre misterioso.- ¡Bienvenida a tu vida! Hoy dará comienzo una emocionante historia con miles de peligros, cientos de anécdotas y decenas de aventuras. ¡Y tú eres la protagonista! Ahora, atenta, porque lo próximo que veas será tu punto de partida…
Y todo se hizo oscuro. No sé cuánto tiempo duró ese manto negro, pero cuando abrí los ojos, volví a estar aquí, en esta cama, y lo primero que ví fue tu carita de ángel, durmiendo. Entonces lo comprendí todo. Y decidí empezar la historia.

Sacaron las manos fuera de las sábanas, cada uno de su cama, y se tocaron los dedos. Era lo más cerca que podían estar el uno del otro, ya que ninguno de los dos podía ponerse en pie.

Así es como se unieron para escribir la historia de sus vidas. Ambos tuvieron sendos accidentes, y ambos quedaron minusválidos. Pero alguien les dio la oportunidad de conocerse hospitalizándolos en la misma habitación de aquel viejo Hospital.

Y esa oportunidad no la dejarían escapar.

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