– ¿Quién eres?
– Soy tu conciencia.
– ¿Y qué haces aquí?
– Tengo que decirte algo.
– ¿Qué quieres decirme?
– Es sobre algo que no ha pasado.
– ¿Por qué debería preocuparme algo que no ha pasado?
– Tu sabrás.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– ¿Recuerdas donde estuviste hace dos días? Piensalo.
– ¿Hace dos días?
– Adios.

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Para tí

La habitación estaba en la penumbra. En una esquina, las sábanas de la cama se quejaban retorcidas de que nadie les prestase atención en tres días. En la otra, Xoan se secaba las lágrimas que vaciaban su corazón. Con decisión, cogió un papel y empezó a escribir:

Hola,

no me voy a andar con rodeos, voy a ir al grano. El primer día que te conocí te dije que te aburrirías de mí. No me creíste. El segundo día te dije que te diría algo que te molestaría. Tampoco me creíste. Ahora sabes que tenía razón.

Me diste esperanzas de que contigo podía empezar una nueva vida. De que podíamos y queríamos. Quiero pensar que no te arrepientes de haberlo hecho.

Pero tú no me necesitas. Por lo menos nunca me lo has dicho. La distancia es una barrera que solo podemos saltarla si nos ayudamos entre los dos. Por separado nunca la superaremos. A veces estoy convencido de que no te hago falta. De que soy completamente prescindible y que puedes ser feliz sin mí.

Siento haberme metido en tu vida. Pero por favor, no me saques de ella.

Te quiero.

Xoan se volvió a secar las lágrimas, y salió a la calle a enviar su corazón.

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La noche era fría. En el cielo la luna llena iluminaba las nubes que descargaban con rabia su manantial sobre el asfalto.

Xoan miraba por la ventana. La lluvia dejaba las gotas corriendo por el cristal luchando por llegar al final. Dos pisos más abajo una pareja se mojaba bajo la luz de una farola.

Qué vida más triste.

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