Ven, vámonos, quiero tocarte un Rock’n’Roll con mi gafas de sol.
Olvidarnos de las canciones de mamá y escaparnos de casa para siempre.
Correr por la carretera adelantando a camioneros que nos hacen el corte de manga.
La policía nos persigue y los despistamos perdiéndonos en el desierto.

Detrás de una gasolinera empañamos las ventanas y juntamos nuestros cuerpos duros y maduros.
Vírgenes como ángeles rozando, tocando, pecando, sobando, lamiendo, temiendo…

Hasta el fin del asfalto viajaremos con el Rock en nuestra radio. No necesitamos dinero, tocamos en los bares de carretera. Y nuestra armónica escupe arena caducada.

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Sientes esa sensación en la garganta, un pinchazo que te hace subir una sensación extraña por la garganta hasta la nariz. Tragas saliva para posponer lo inevitable, ya sabes que va a ocurrir. No quieres hablar porque precipitarías lo que no quieres.

No puedes evitarlo por más tiempo. No te salen las palabras. No eres capaz de pensar en nada. Lo que siempre se te dio bien, ahora no eres capaz ni de empezarlo. Se te empiezan a humedecer los ojos, y lloras. No sabes por qué, no sabes cuál es la razón por la que estás llorando. Sólo quieres hacerlo, lo necesitas.

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– He soñado contigo.
– ¿Cómo era tu sueño?
– Venías a verme. Corríamos escapando de alguien y cuando paramos para descansar, intentaste besarme en la boca.
– ¿Y lo hice?
– No, me desperté en ese momento.
– Eso es que querías que esa parte la hiciese real.

Se acercó a ella y le dio un beso en los labios. Ella sonrió, avergonzada por la picardía del joven.

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Las gotas de lluvia caían sobre el parabrisas intentando entrar dentro del habitáculo para golpear a su ocupante. La noche cerrada ya no mostraba más que la luz de la luna, que se ocultaba tras las nubes vaciantes de agua.

Para Xoan era imposible no caer en la nostalgia dentro de su coche, con la única compañía de una radio que apenas balbuceaba palabras de amor de autor desconocido. Canciones que posiblemente nunca más volvería a escuchar.

Miró por el retrovisor y le echó un vistazo a su maletero rebosante de equipaje. Se iba, para siempre, de viaje. No sabía muy bien a dónde; pararía donde se encontrase más a gusto.

Volvió a ver la vista al frente, a la carretera, para verse reflejado en el parabrisas. Echó de menos un abrazo. Y lloró.

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Xoan miró hacia abajo y perdió su mirada entre los peatones que caminaban inconscientes de que alguien quería caerles encima. Se echó un poco más hacia delante, en el bordillo, con las piernas colgando de la repisa y la sensación permanente de que los zapatos se le iban a caer.

– Es una locura.- Pensó -. Pero tengo que hacerlo. Lo necesito.

Sus últimos días habían sido bastante extraños para él. Acostumbrado a una vida tranquila y sin complicaciones, todo cambió el día que escuchó a aquella persona. Una de esas llamadas equivocadas, pero demasiado tarde para darse cuenta de que el número marcado no era el correcto. Habló con ella, y le gustó. Más de lo que cualquiera de los dos hubiese deseado. Día tras día ella se volvía a equivocar de número y volvía a hablar con él. Y la deseaba cada vez más.

Su locura empezó a tomar forma. Las llamadas casuales ya eran cotidianas. Su curiosidad se transformó en obsesión, y de la obsesión a la persecución. Lo quería saber todo sobre ella. Su vida, su pasado, su futuro, sus intimidades…

Un día, Xoan dejó de recibir sus llamadas. Ni hoy, ni ayer, ni antes de ayer… No sabía porqué ni tenía ninguna explicación. No lo pensó más. No quería seguir sin ella. No podía.

Y saltó.

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Te escribo esto porque me voy. No quiero volver a verte. Me has engañado sin saberlo. Me hiciste sentir especial, único, que me querías, pero realmente era uno más, del montón. De esos que abres el saco y eliges el primero que sale. Destrozaste y armaste tantas veces mi corazón que ahora apenas puede darme vida para continuar, así que lo mejor es que desaparezca.

No te guardo rencor porque la culpa fue sólo mía. Me hice ilusiones pensando que yo era tan especial para tí como tú para mí: Tu nunca me dijiste que fuera alguien único. Es más, siempre me mostraste que yo era uno más. Soy un imbécil.

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Cállate

Eres un idiota. Siempre hablas de más y no piensas en las consecuencias de tus palabras. Maldito bocazas. No conseguirás tus objetivos si vas bajándote los pantalones y desvelando tus secretos a los demás. Deberías cuidar tu lengua. A nadie le importa lo que vas a hacer o lo que piensas sobre esto o lo otro.

Pídeles perdón.

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Desconocida

– ¿Alguna vez has perdido a un amigo?
– Sí.
– ¿Y qué sentiste?
– Impotencia. Desearías decirle muchas cosas que no te atreviste a decirle en vida.

Hubo una eternidad en silencio. Eran las cinco de la mañana. Acostados dentro de cama, con el edredón tapándoles hasta los ojos, se miraban fijamente guardando el silencio. No querían hablar, querían la tranquilidad. Hablar por pensamientos.

Él se atrevió a romper la armonía y la abrazó a Ella para recostarla y poder apoyar la cabeza en sus pechos, tapándose completamente con las sábanas.

Y se durmieron.

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