Odio

En la habitación todo estaba lleno de sangre. Las paredes emanaban como cráteres en erupción y el suelo se inundaba del líquido rojo. En el interior de la habitación, Xoan tenía los ojos llenos de ira. Su necesidad imperiosa de matar a todas las personas que le rodeaban era superior a cualquier sentimiento que pudiese tener ahora mismo. Sólo vivía para odiar y matar. La rabia y el coraje de su corazón le impulsaba a coger un cuchillo y terminar para siempre con la vida de cualquiera que se atreviese a verter una opinión sobre él.

Deseaba estar sólo. No en aquella habitación, si no en el mundo. Había surgido en él un sentimiento de odio hacia el ser humano que sólo podía vencer el asco que se tenía a sí mismo haciendo pagar por su ira a inocentes. O no tan inocentes. Xoan juraba que todo el mundo opinaba de él. Al verle subir en el autobús, al verle comprar el pan, al verle caminar por la calle, todos opinaban sobre él para sus adentros. Xoan estaba convencido de que esos comentarios eran siempre despectivos y burlas. Pero ya nadie más se reiría de él. A partir de ahora todos le tendrían respeto. Respeto ganabado por el miedo que impondría a todos los que le rodeaban al temer por sus vidas. Eso pensaba… aislarse de los demás pero no siendo él el que se marche, si no haciendo marchar a los demás.

En la habitación seguía completamente ensangrentado, con las ropas rasgadas por cuchillazos mal atinados y con el arma blanca todavía empuñada en su mano derecha. Su respiración estaba contaminada por inconscientes pensamientos de locura y desprecio.

El odio había surgido en él.

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Una despedida

– ¿Tienes todo lo que necesitas?
– Creo que sí, pero seguro que me dejo algo.- Su mirada se perdía entre los ojos de su compañero. Los estaba viendo por última vez.
– Siento que tenga que ser así, pero es por el bien de los dos.
– Si, ya, lo entiendo, tú no te preocupes, ya sé que no es culpa tuya.- Se subió al tren, mirando atrás intentando no dejarse llevar por los sentimientos.
– ¡Adios!
– Hasta siempre…

El tren arrancó nada más subirse. Era una tarde lluviosa, de esas que se hacen inolvidables para quienes la viven.

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